Entre los años 1901-1908, ingenieros alemanes construyen el ferrocarril Hidjas de Damasco a Medina. La realización de este proyecto de modernización del Imperio Otomano aumentó enormemente el prestigio del sultán Abdul Hamid entre los musulmanes árabes – nos dice Peter Mansfield en su "Historia del Medio Oriente", Humanitas, 2015 – ya que fue presentado también como un medio para facilitar mucho el peregrinaje a La Meca (hadj). Un siglo más tarde, el sultán Abdul Hamid aún es visto por muchos árabes como el último líder que sirvió a la causa de la umma islámica. El último califa, en el sentido original, de heredero del Profeta, pero con los medios de la modernización.
Aquí hay un ejemplo temprano de lo que se puede llamar – para usar una expresión de Samuel Huntington – "modernización sin occidentalización": la adopción de tecnologías inventadas por Occidente, pero no de sus valores, independientemente de si se trata de valores religiosos, éticos o sociales. Por el contrario, el objetivo (o uno de los objetivos) se convirtió también en el de sostener los propios valores, considerados superiores. El fenómeno tiene una difusión enorme de al menos 150 años, y los ejemplos abundan: desde Japón, que se convierte en una gran potencia a finales del siglo XIX, pero que también mantiene la estructura social feudal, teniendo en la cima un emperador, considerado divino, hasta la China post-maoísta, que ha adoptado del Oeste no solo la tecnología, sino también el capitalismo – eso sí, controlado atentamente por el estado, aunque tiene un sistema social que él llama "comunista" y que en el fondo no es más que una forma de neo-confucianismo. Numerosas naciones y civilizaciones de Europa del Este, luego Asia, África o incluso América Latina han adoptado con entusiasmo, en el marco de su programa de modernización, los ferrocarriles, las explotaciones de carbón y petróleo, la electricidad, la química moderna y, más recientemente, la ciencia de la computación – todas invenciones de Occidente; a veces incluso han llegado a competir con éxito con Occidente en este terreno, como nuevamente China en el campo de los automóviles eléctricos y de la Inteligencia Artificial. Por supuesto que las tecnologías militares o de aplicación directa militar han sido de las primeras adoptadas por no europeos: desde cañones hasta sistemas de satélites.
En cambio, es impresionante ver cuán reticentes han sido estas civilizaciones cuando se ha tratado de valores: la igualdad jurídica – incluyendo a las mujeres con los hombres – la secularización, el parlamentarismo, los derechos y libertades del individuo, entre los que se encuentra la libertad de conciencia, no han sido en absoluto prioridades o, si han sido adoptadas, han sido revocadas posteriormente. La Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan son ejemplos en este sentido. Y aun cuando se han promovido Constituciones que instituían estas normas y valores (como sucedió también en el Imperio Otomano en el siglo XIX, en la época llamada del "Tanzimat"), muchas veces han quedado formales, poco o casi nada traducidas en la práctica. Y sin embargo, estos valores han formado en Occidente un cuerpo unitario: ¿podemos imaginar que la revolución industrial podría haber ocurrido en una Inglaterra dogmática, carente de libertades individuales y gobernada de manera despótica, como España o Francia, sin mencionar el Imperio Otomano o el ruso?
Además, si en el pasado estos valores gozaban al menos de un respeto hipócrita, hoy los vemos cuestionados en principio en muchos lugares: la Rusia de Putin, por ejemplo, condena a Occidente como "decadente", así como lo hizo el fascismo de entreguerras. China – que bloquea Internet – no oculta su desprecio por la libertad y los derechos humanos. ¿Y qué decir de Corea del Norte, un país esclavista, dotado de armas nucleares? Y, posiblemente, la mayor ruptura entre modernización y occidentalización se observa hoy en el mundo islámico. También Peter Mansfield escribe: "Los musulmanes ven el triunfo de Occidente en los últimos dos o tres siglos como una aberración de la historia" (p. 26).
Una aberración de la historia que muchos de ellos quieren borrar, por un lado, volviendo a los caminos del Profeta y de los primeros cuatro califas – lo que nosotros, los occidentales, llamamos "fundamentalismo"; por otro lado, sin embargo, adoptando cada vez más aspectos de la modernización: la utilización por parte de ISIS de las redes sociales de Internet para atraer a jóvenes de Europa occidental no ha sido más que un último y poderoso ejemplo de esta duplicidad civilizacional. El objetivo de todas estas "duplicidades" es un estado, técnicamente hablando, moderno, eventualmente dotado de armas nucleares como Irán chiíta, pero postulando los valores tribales y patriarcales de principios del siglo VI como fundamento universal de la civilización humana. ¡Eso sí que es una "aberración de la historia", dirán ustedes.
Podría ser que, al final, esta duplicidad sea contraproducente: recordamos cómo la subordinación de lo técnico y lo científico a ideologías en la Alemania nazi, en la Rusia soviética y en la China maoísta condujo a la fragilización de estos regímenes al quedar rezagados en sectores esenciales de la economía y del esfuerzo bélico. Aunque muchas personas tienen la impresión de que los valores son algo superadicionado a las cosas materiales (superestructura, en jerga marxista), de hecho las cosas no son así, por lo que una ruptura profunda entre valores y estas cosas podría ser una receta para un desastre final para aquellos que siguen este camino de manera coherente.
Al final, tal vez, pero por ahora no en el inmediato: por ahora, al menos, la escisión irracional, pero no menos real, entre modernización y occidentalización, la adopción entusiasta de la primera y el rechazo con horror de la otra (a veces bajo la engañosa fórmula de "búsqueda de la identidad") se ha convertido en la red predilecta del caos, la violencia y la inestabilidad política del mundo actual. Y esto aún más con que, en el mismo corazón de Occidente, en Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump y de MAGA, el rechazo de los valores democráticos y liberales y el fundamentalismo anti-humanista, sostenidos sin embargo entusiastamente por los magnates de la tecnología, conducen a una ruptura entre valores y medios que parece cada vez más profunda. De aquí a declarar oficialmente, a la manera china, estos valores democráticos y humanistas como obsoletos y "decadentes", e incluso bloquear el progreso y la modernización, no es más que un paso muy pequeño, que ya ha sido dado en muchos lugares y ocasiones.
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