Una de las agresiones más perfidas contra nuestros semejantes es la mala administración del discurso público. Todo, en la vida cultural actual, es más fácil de soportar que la oratoria incontinente, el verborrea torrencial, la palabrería ensimismada. Conozco muy pocas personas capaces de dosificar con decoro los ejercicios retóricos. La mayoría se pavonea impúdicamente en sus propias cintas verbales, ante un público cada vez más impaciente, exasperado, listo para huir o refugiarse en un higiénico cabeceo.
Dar discursos demasiado largos es síntoma de una enfermedad complicada, difícil de esbozar en unas pocas líneas. Más bien, es evidente que el orador es feliz de oírse hablar. Ya sea que, en la vida diaria, no hable, o que tenga una opinión excelente sobre sus talentos, sobre las palabras y las ideas invaluables que le pasan por la cabeza o por la boca, el individuo en cuestión es, prácticamente, imparable. El público asiste atónito a un prolongado orgasmo solitario, a una especie de impudicia incurable. El tema del discurso se vuelve irrelevante, así como el bienestar de los oyentes. Lo esencial es la exaltación de sí mismo del que habla, su sentimiento de que tiene cosas decisivas que decir, que ningún precio es demasiado alto para quien quiere saciarse de sus inagotables competencias. El vicio de primera instancia del locuaz es la descortesía. No se piensa ni un instante si los de la sala tienen o no paciencia, si están cansados, si acaso tienen otros asuntos. El auditorio es tratado, de hecho, como una simple masa de maniobra; carne de cañón anónima, rebaño bueno para sacrificar. Más grave es que el orador ególatra desprecia, sin querer, el tema de su propia perorata. No importa de qué o de quién hable. Que el tema sea Shakespeare, Newton, la doctrina corporativa o la flora sudafricana no importa. Lo que importa es el "experto" en el podio, su vasta pericia, su encanto inigualable, la grandeza de su presencia, sus tiernas emociones y sentimientos. Al final, sin embargo, el afectado por esta pasión también se perjudica a sí mismo: se vuelve antipático, insoportable, inasistible.
Existen algunas señales de naturaleza que advierten, desde el principio, sobre un discurso largo. El orador comienza, por ejemplo, con un anuncio gracioso: "Seré breve...". (Variante: "Es muy difícil añadir algo después de las maravillosas palabras del antecesor, así que solo les compartiré unas pocas ideas..."). Cada vez que escucho una introducción así entro en pánico. Sé que no hay nada que hacer, que, en nombre de esta adorable captatio, el retórico considerará que puede permitirse cualquier cosa (¡y cualquier cosa!). Cabe mencionar también algunos artificios de recorrido (admito que, en ocasiones, los he practicado yo mismo). Cuando el discurso ya está en marcha y el público espera con el alma en la boca la anticipada brisa de alguna frase de cierre, el orador se da cuenta y dice: "una última palabra", o "solo dos proposiciones más y terminaré", o "solo tengo un problema más que mencionar, si aún lo soportan...". "¡No, ya no soportamos!" – gritan en silencio los de la sala, pero él continúa, impotente, su martirio. Porque, por lo general, después de tales trucos astutos, el discurso continúa sin interrupciones.
La logorrea puede tener, sin embargo, otras explicaciones. A veces, es la manía colateral de quienes tienen problemas con la temporalidad: pura y simplemente no se dan cuenta de cuánto hablan, pierden el contacto con el reloj, no pueden acomodarse a la mecánica estricta de la duración. Otros están tan absorbidos por el tema que tratan, que se olvidan de sí mismos y del mundo, y abandonan a los oyentes, ya no perciben la situación concreta en la que se encuentran. Prácticamente, monologan sonámbulamente, en trance, atentos solo al desarrollo completo y definitivo de su propia argumentación. No están dando una conferencia, sino escribiendo un capítulo de un libro, si no todo el libro. Tienen un aire de genio, ligeramente perturbado. De todos modos, para ellos, los demás no existen más que como pretexto: una colección de espectros para un discurso espectral...
Una causa frecuente del desliz oratorio es la confusión, más o menos consciente, de los géneros. Muchos oradores no hacen ninguna diferencia entre una intervención en una mesa redonda, una presentación de libro con cuatro o cinco presentadores, una comunicación en un congreso o coloquio y una conferencia propiamente dicha. La tendencia general es – en nosotros más que en otros países, donde la disciplina de las exposiciones públicas es más severa – hacer de todos estos géneros distintos uno solo: todo se construye según el modelo de una amplia conferencia. Es una forma de desventajar a todos los que hablan después de ti y de ofenderlos, en el fondo, a través de tu verborrea prepotente. No hablo del público. Es, de todos modos, la última rueda del carro.
Por lo tanto – y para no alargarme yo mismo más allá de lo razonable – recomiendo a todos los conferenciantes que hagan de la concisión de sus exposiciones un criterio inflexible de eficacia. Es saludable que el oyente salga de la sala insatisfecho, como el huésped de una mesa embelesada. El resto es indigestión...
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