Fui, durante diez años, conductor de un Trabant. Una experiencia inolvidable, algo entre lo paranormal y lo metafísico. El Trabant era un paradoja mecánica, una prueba de que lo posible es más fuerte que lo real. Tenía todas las características de un automóvil, pero además, algo de vitalidad inclasificable, una especie de misterio, una especie de halo tecnológico, sin conexión directa con la ingeniería tradicional. Era inusual, entre otras cosas, su enorme maniobrabilidad. Prácticamente, no podías llegar a una situación sin salida con un Trabant. Podía ser sacado de un atolladero con el brazo enérgico de una sola persona, podía ser sostenido con el hombro para no deslizarse en una pendiente helada, podía ser enderezado, tras un vuelco, en posición de crucero y, por lo general, volvía a la carretera, incluso si gemía de invalidez. Si se rompía la bobina de inducción, podía ser reemplazada, hasta el próximo taller de reparaciones, con el almidón de una papa. En lugar de la correa de transmisión rota, se podía instalar un calcetín de dama, y el problema de la gasolina se podía resolver, por lo menos durante cincuenta kilómetros, con una damajuana de aguardiente fuerte. Todo era de una durabilidad precaria. Capaz de resurgir de su propia ceniza, de recuperarse tras cualquier colapso, con la tenacidad de un "Terminator" de cartón prensado, el Trabant solo pedía a su propietario paciencia, confianza y un saco de bujías. Cualquier aficionado podía enseñarle sus secretos, mientras que los especialistas siempre eran sorprendidos por sus recursos regenerativos.
Con tales cualidades, el Trabant estaba destinado a convertirse, bajo el comunismo, en una verdadera metáfora de la supervivencia. Era la prueba palpable de nuestra capacidad para valorar la indigencia, de hacer de la basura un látigo, de improvisar espectacularmente, con una materia prima incalificable. El Trabant demostraba, en cualquier circunstancia, que lo que no se puede, se puede al final, que lo improbable puede ser un punto de partida. Bajo su signo, teníamos la oportunidad de experimentar el raro placer de ganar puntos en un partido asfixiante, comenzando con mínimas posibilidades. Nos sentíamos solidarios en el esfuerzo común hacia una victoria difícil. Los trabantistas se constituyeron, espontáneamente, en un club. Se saludaban con las luces cuando se encontraban, se ayudaban mutuamente, y sonreían cómplices como jurados de una subversión. Me inclino a decir que, al menos en Rumanía, la solidaridad entre los conductores de Trabant fue, bajo la dictadura, la única especie de solidaridad de masas. Estábamos en la prehistoria de la sociedad civil... Pero no solo se trataba de la estricta supervivencia. El Trabant estaba en condiciones incluso de rendimiento. Desde este punto de vista, se impuso como el logro más formidable del campo socialista: un apogeo de ingenio, de aplomo técnico, de audacia industrial. En el fondo, todo en los países de Europa del Este tenía el aspecto de una chapuza implausible. Pero el talento de algunos, el coraje de otros, la imaginación, el humor, la lección bien asimilada de la necesidad lograban, en los casos afortunados, obtener o al menos simular el éxito. Los antiguos países comunistas, las instituciones y sus empresas funcionaban según el modelo del Trabant: construían sobre lo infinitesimal, articulaban armónicamente la nada. La demagogia propagandística, pero también el esfuerzo anónimo de la gente se fundamentaban en el intento loco de hacer que un Trabant funcionara como un Mercedes. A veces, en caminos irrepetibles, el trabajo tenía éxito. [...]
Inevitablemente, después de diciembre de '89, di un salto más allá del Trabant. Podemos esperar, con cierta justificación, un curso automovilístico más coqueto. Bucarest está ahogado por un millón de coches de la más diversa extracción. Lo posible se ha convertido en probable. La agricultura rumana es, nos dicen, un potencial Mercedes. Igualmente, el turismo rumano, las pequeñas y medianas empresas, la industria alimentaria, los servicios, la destreza en materia de informática, etc. Solo nos queda constatar que la habilidad autóctona sigue tan viva, tan imaginativa y eficiente como lo era en tiempos pasados: esta vez logra hacer que todo lo que es potencialmente Mercedes se parezca a un Trabant.
https://www.dilema.ro/situatiunea/amintiri-despre-trabant_4433
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