En la tradición de la Rumanía moderna, un hombre de verdad, es decir, un individuo maduro para lanzarse a la lucha conyugal y parlamentaria, es, antes que nada, «un hombre independiente». Es decir, un hombre que se vale por sí mismo, con ingresos autónomos, ideas propias y una posición. Ser «independiente» es una virtud cívica. Los periódicos se enorgullecen de ser independientes, mientras que los miembros de partido más notables declaran a veces, con gallardía, que pretenden conservar cierta independencia de pensamiento. La justicia también quiere ser independiente (pero no puede), y, a escala nacional, la independencia es un «ideal secular», un sueño ancestral. En otros tiempos, este ideal se llamaba «no dependencia», lo que daría a entender que la independencia es una suerte de levitación, una manera de flotar, desligado de todo apego y compromiso constrictivo. La independencia es, desde este punto de vista, la expresión de la libertad plena, el rechazo a admitir cualquier otra autoridad aparte de la propia.
Con semejante retrato, la independencia es un ornamento retórico muy eficaz. Caţavencu es «el presidente del grupo independiente», «un hombre independiente», activo en el «Comité del grupo independiente», es decir, del grupo «joven, inteligente, independiente» (e «impertinente» —añade Farfuridi con indignación, para quien la independencia es «traición» y «nihilismo»). Pero también Tipătescu es, al menos para Trahanache, «un hombre independiente», cualidad apreciada, por lo demás, también por la independiente Joiţica. Una vez consagrada como mérito, la independencia se pone manos a la obra: la virtud cívica se orienta pragmáticamente. Según la eterna doctrina de Trahanache, ¿a qué se dedica un hombre independiente? Presta servicios «al partido, al distrito, al país... y a mí, como amigo...». Por consiguiente, el independiente rumano está atrapado en una red de favores. No obtiene su independencia sino para sacrificarla de manera oportunista: al partido, a la patria, a los amigos (y a sus esposas). ¿Por qué? «Porque del partido entero depende el bien del país, y del bien del país depende nuestro bien...» De significar «no dependencia», la independencia acaba siendo, pues, según la sabiduría autóctona, la habilidad de depender de quien corresponde, sin estúpidos problemas de conciencia, sin falsas coherencias ni lealtades. En pocas palabras, ser independiente consiste en permitirse el lujo de ser infiel.
En materia de política exterior (pero también interior), el independiente rumano apuesta por la descentralización. Es, dicho de otro modo, un ferviente antieuropeo. «Que Europa se ocupe de sus asuntos. ¿Nosotros nos metemos en sus asuntos? No... Por lo tanto, no tiene derecho a meterse en los nuestros...» La no injerencia en los asuntos internos, el altivo aplomo del nativo ofendido: he aquí rostros mioríticos del espíritu independiente. Animado por este espíritu, Caţavencu funda en su ciudad provinciana «Aurora Económica Rumana», «sociedad enciclopédico-cooperativa, independiente de la de Bucarest...». «Nosotros... yo... no reconozco, no quiero reconocer la tutela de los bucarestinos, de los capitalistas, sobre nosotros; porque en nuestro distrito también podemos hacer lo que ellos hacen en el suyo». Esta es, en la visión local, la cumbre del espíritu independiente: hacer lo que uno quiera en su distrito. Evidentemente, cuando demasiados independientes se reúnen, sus intereses entran en conflicto. No por casualidad, Costăchel Gudurău es «atacado a palos y patadas» precisamente en la «plaza de los independientes». Pero la batalla es breve. La misma «plaza de los independientes» es el espacio de una reconciliación universal. «Todos besados». Porque el independiente rumano no es dogmático. Llegado el caso, sabe ceder. Es realista, flexible, sin ideas fijas. Al estar ausente la justicia independiente, se refugia filosóficamente en la soledad, para buscar la justicia trascendente: «Procurador falta ciudad, monasterio monjas juerga».
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