Cualquier aprendiz sabe que el «apoliticismo» equivale a la no participación en las luchas por el poder de los partidos políticos. Quien ha decidido ser «apolítico» se distingue, por tanto, por la neutralidad, por la suspensión de las opiniones teñidas electoralmente, por una voluntaria falta de implicación en la esfera de lo político. Sin embargo, existe también una segunda acepción del término: la falta de relevancia política. No todo lo que hace un político puede leerse en clave política. Cuando se ducha, visita a sus padres o cocina para sus amigos, el político es apolítico. Es decir, es una persona como todas las demás.
Sin embargo, es motivo de asombro o de legítima irritación que los políticos se comporten «apolíticamente» precisamente cuando hacen política. Esa «a» privativa con la que comienza la palabra en cuestión puede señalar, a veces, sobre todo en la escena pública rumana, una manera de hacer «política» sin «polis», sin preocupación por la «ciudad», con motivaciones que no tienen nada que ver con los intereses de la comunidad. Mi impresión es que, entre nosotros, la mayoría de los políticos son «apolíticos» en este sentido. La política es, para ellos, un medio al alcance de la mano para adquirir poder, y el poder es el medio óptimo para obtener influencia, riqueza, relieve público (bueno para la propia vanidad o para adornar lucrativamente el currículum). Ninguna relación con la «polis», con el organismo comunitario.
Muchos de nuestros políticos se embarcan en la lucha política bajo el imperio de afectos estrictamente personales: idolatría por un jefe, odio hacia otro, venganza, miedo a la Justicia, espíritu de pandilla, etc. Cierto eurodiputado liberal perdió en su día, por culpa del presidente del país, un puesto de ministro. Ergo: hace política antipresidencial. Cierto artista no recibió un taller del alcalde de la Capital. Ergo: será aliado de todos los que estén contra el canalla, haga lo que haga. Un adulador de cierto político se transforma, de la noche a la mañana, en enemigo mortal del mismo porque fue destituido de un puesto importante. Un liberal de última hora, servil y grandilocuente, se vuelve bruscamente contra su presidente de partido, sencillamente porque no se le tiene en cuenta tanto como quisiera o porque apuesta por las ventajas de otra alianza. Otro no puede perdonar a un antiguo «colega» que ganara, contra él, las elecciones para la presidencia de su formación política. El rencor privado, la envidia, los celos, el cálculo de carrera, la ambición desmedida, el recuerdo de algún viejo conflicto, las mezquinas insatisfacciones entre bastidores, la batalla por el mismo cargo y otras circunstancias «humanas», demasiado humanas, psico-fisiológicas semejantes se convierten en la materia subyacente del acto político, el motor oculto de las «convicciones» superficiales, la argumentación de una alianza o de una ruptura. La retórica es «política», el sustrato es egocéntrico. Las palabras son intensas y radicales, su fuente es una fermentación impura, un pantano de impulsos revanchistas. No hablaré ya de la inflación de ascensos basados en el parentesco y la complicidad, de la fabricación de leyes concebidas para beneficios personales o de grupo, ni de la manipulación electoral mediante oficinas de prensa bien financiadas, de modo que la propia imagen sea paradisíaca y la de los adversarios, pestilente.
Este tipo de comportamiento, aunque se desarrolla dentro del perímetro de la «vida» política, es, por definición, apolítico, porque pone entre paréntesis la vida de la ciudad, el imperativo del «bien común». No abogo, por supuesto, por políticos descarnados, a los que se haya anulado cualquier rastro de sensibilidad humana, de lastre privado. El problema es la medida, la fuerza interior para no preferirse a uno mismo cuando están en juego asuntos de Estado. Nadie, repito: nadie, de entre quienes se afanan año tras año por los pasillos del Poder autóctono me da la impresión de disponer de semejante fuerza. Todos son servidores de segunda categoría de su propio destino. Es decir, apolíticos.
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