Hasta hace poco, yo también creía, como casi todo el mundo, que ser «políticamente correcto» era una versión ultimativa de la tolerancia, la cumbre de la bondad, una preocupación suprema por el prójimo. Antes de abrir la boca hay que pensar mil veces si lo que uno pretende decir podría provocar desastres emocionales, enfermedades mentales, crisis sin salida. No se le dicen a alguien a la cara cosas incómodas, no se le trata con furia crítica, se tienen en cuenta su sensibilidad, sus complejos y sus hábitos. Se acepta la «diferencia» y se la respeta. Incluso, si es posible, se deja ver que uno se siente un poco culpable ante ella. La «diferencia» encarnada por el otro es, en principio, honorable. La diferencia que te distingue de la diferencia del otro resulta ligeramente vergonzosa, cuando no directamente sospechosa... El otro es vulnerable por el simple hecho de ser diferente, mientras que a ti la «diferencia» respecto de él te vuelve arrogante y, por tanto, un agente patógeno potencial de la vida comunitaria. Estamos, ya lo he dicho, bajo el impacto de un «humanismo» tan acentuado que consideramos que «ser humano» equivale, en realidad, a ser un «pobre ser humano», una criatura frágil con la que hay que comportarse con todo tipo de miramientos, precauciones higiénicas y fintas corteses, de modo que nada de lo que digas o hagas atente contra una susceptibilidad infinita.
En otras palabras, nos encontramos en una situación que lleva la idea cristiana hasta una cumbre de radicalidad. En las Escrituras se nos pide que veamos la viga en nuestro propio ojo antes de ver la paja en el ojo ajeno. La corrección política da un paso más. Desde su perspectiva, pretender que el otro tiene una paja en el ojo equivale a tener, en el propio, nada más que vigas. No basta con ser, sencillamente, educado y autocrítico. Hay que ser más bien adulador, hipócrita y estar dispuesto a exhibir un desprecio de sí mismo (¡justificado!). Toda opinión debe pasar por el fuego redentor de la convicción de que estás a punto de equivocarte, de que acabas de equivocarte, de que es mejor callar.
Ya sabíamos que no está bien llamar «tuerto» a alguien al que le falta un ojo, que no es bonito reírse de un cojo, que los defectos físicos no pueden ser objeto de burla, que no todos somos iguales, pero que aceptar la «forma de ser» de los demás es la condición esencial de la vida comunitaria. Lo que no sabía, es cierto, era que contradecir a un interlocutor que insiste en que dos y dos son cinco constituye una forma culpable de inducirle un complejo de inferioridad, que sugerirle a un tartamudo que no sirve como locutor de radio es una especie cruel de discriminación o que considerar los labios con bótox como un fracaso de la verdadera feminidad es una prueba de misoginia grosera. Ni siquiera tienes derecho a decir que, para tu gusto, el bótox no resulta atractivo. No. Tiene que gustarte, o al menos no debes pronunciarte. Cada uno hace lo que quiere con su cuerpo. ¿Alguna vez has pensado qué siente una señorita que se ha agrandado los labios hasta acercarlos a las orejas y la nariz cuando tú no «te adhieres» a su decisión y, sobre todo, cuando lo dices públicamente? ¿Alguna vez has pensado qué siente una tortilla cuando tú declaras a voz en cuello que te gusta el estofado? ¿De verdad no te das cuenta de lo injusto que puedes ser, de lo ofensiva que es tu preferencia?
Reconozco que a menudo me ocurre, sobre todo en nuestras tierras, que me exasperan tanto la grosería, la mala educación, la agresividad de palurdo y la descortesía descarada que me digo: «Con todas sus ridiculeces, ¡aun así sería preferible un poco de corrección política!». (Por cierto, ¿por qué se la llama, en el fondo, «política»? ¿Es una cuestión de partido, de ideología, de encuadramiento? ¿No es simplemente una intención —aunque sea excesiva— de sanear las costumbres? ¿De limpiar el espacio público?) Sin embargo, otra cosa me parece grave. Han aparecido «especialistas» en «corrección», una especie de «santos» laicos, un «comando» molesto y presto a penalizar, una «casta» de poseedores del pensamiento, el habla y la conducta óptimos. No conviene buscar en su bando ejemplos de las virtudes que profesan: tolerancia, derecho a la propia opinión, libertad de expresión, paciencia, indulgencia, no discriminación. Si no respetas el «código», estás «excomulgado». «Fascista», «reaccionario», «segregacionista», «esperpento», justo para ser estigmatizado, por no decir «eliminado». De tía cuidadosa, de campeón afectuoso de la «purificación» social, el soldado de la corrección política se convierte en perrero, tribunal inquisitorial, experto en la «selección de personal».
En fin, ¡quedémonos con el lado bueno! No pasemos por alto la recomendación de no dejar que la boca hable sin nosotros, de pensar diez veces antes de proferir insultos o calificativos que puedan herir, de respetar aquello que no se nos parece, de prestar atención a la diversidad y a su legitimidad. Pero no nos bloqueemos con recetas y «procedimientos» estandarizados. No imaginemos que resolvemos el problema de la obesidad y provocamos la euforia de los gordos si los llamamos «sobrecargados horizontalmente» (horizontally challenged), ni que la población negra sufre al oír que la pizarra de las aulas de secundaria se llama, por ejemplo, en francés, «pizarra negra» (y que, por tanto, es mejor llamarla «pizarra para tiza»). ¡No todo lo que está permitido es útil, y no todo lo que no está permitido tiene por qué funcionar como una castración!
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