En la escena pública de nuestro país parece muy actual la dicotomía «política-tecnocracia». Unos quieren un gobierno político, otros, un gobierno tecnócrata. Desde mi punto de vista, es una manera de posponer indefinidamente, sin un horizonte claro, una decisión funcional. Histórica y filológicamente hablando, la «tecnocracia» implica una destreza adecuada en un ámbito específico, una competencia sólida y comprobada, un conocimiento aplicado. El tecnócrata es un profesional rigurosamente formado en un campo rigurosamente definido. En el discurso de hoy, la política parece estar definida, entre nosotros, como una zona de «talentos» escénicos, capaces de llevarte al poder gubernamental, a la excitación electoral, al estrellato popular. La esfera de lo político no tiene contornos claros. Hay que tener «labia», práctica escénica, astucia de equipo y autoestima.
Eso no significa, sin embargo, que no existan políticos profesionales, que el mundo pudiera existir, pragmáticamente, sin una clase de expertos en la materia, duchos en la administración técnica y retórica de las instituciones. La definición del político ha evolucionado, no obstante, sobre todo entre nosotros, hacia una retórica juguetona, hacia poses comportamentales, hacia un carrerismo difuso, basado no en un conocimiento ejercitado en alguna disciplina bien delimitada, sino en la gesticulación retórica, orientada hacia la popularidad televisiva.
El tecnócrata se apoya en lo que sabe; el político, en la buena imagen que tiene de sí mismo y en un variopinto apetito de poder. Es cierto que también es preferible que el tecnócrata auténtico tenga instinto para la comunicación de su gremio, talento para distribuir e imponer sus ideas, del mismo modo que es preferible que el político disponga de cierto perfil cognitivo, de una necesidad decente de comprender y de un eficaz poder de persuasión. En resumen: es natural y eficaz que el tecnócrata tenga cierta dotación «política», pero también que el político pueda invocar y apoyarse en una experiencia profesional capaz de garantizarle, aunque sea, una mínima estrategia contributiva a la evolución del país.
El tecnócrata sin ninguna preocupación comunitaria y el político sin ningún perfil cognitivo están, por principio, mal situados. Promover un gobierno sin tecnócratas o uno sin políticos es escenificar un juego de azar, sustituir la estrategia de la gobernanza óptima por la de un exclusivismo rentable...
¡Ya veremos! Pero, por lo que a mí respecta, el político sin ninguna profesión no puede ejercer adecuada y productivamente la actividad política, del mismo modo que el tecnócrata adormecido en los reflejos de la «investigación aplicada» en campos eruditos no puede garantizar intuiciones adecuadas en beneficio de las masas. El querido Caragiale vuelve a entrar en escena: «¿Es alguien bombero? También debe ser ciudadano. ¿Es alguien ciudadano? También debe ser bombero. [...] Busquemos, pues: tener bomberos-ciudadanos, tener ciudadanos-bomberos. Solo con la condición de que, siendo también ciudadano, alguien sea un buen bombero, y viceversa».
También hoy
Hace algunos años, cuando era embajador en París, me encontré varias veces (a menudo junto a Emil Hurezeanu) con Luca Niculescu. No lo digo para presentarme, circunstancialmente, como partidario de su nominación. Pero lo que me hace identificarme con el tipo humano que encarna Luca Niculescu es una cualidad cuya rareza afecta gravemente a la escena política rumana. Se trata de la ausencia, en el retrato de Luca, de cualquier matiz de hostilidad. En la escena pública, la política autóctona está intoxicada por el conflicto. No quiero decir que, en la esfera de lo político, la polémica y las hostilidades (electorales) no formen parte inevitable del guion. Pero si la hostilidad es el único contenido del debate público, si hacer política no es más que una queja tenaz contra los «adversarios», si ser votable significa, para muchos, ser un pistolero insomne, entonces resulta descansado y alentador ver que entra en juego alguien que no quiere ajustar cuentas, sino dialogar, hacer de la diferencia ideológica o estratégica no una ocasión para posponer perpetuamente la solución, sino la materia prima de una salida airosa... La hostilidad no es el ambiente óptimo para la construcción. Y Luca Niculescu propone, como tratamiento, una suspensión de la hostilidad, sin marginar ni minimizar las tensiones doctrinarias y electorales. Podemos contradecirnos, podemos tener discursos difícilmente conciliables. Pero lo importante es qué efecto último perseguimos: la victoria propia o el beneficio comunitario. Espero, con confianza, la respuesta del nuevo equipo. Echo de menos la comunicación y la disciplina constructiva del yo político.
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