La política rumana funciona cada vez más como un colchón grueso bajo el cual se van metiendo, una tras otra, la responsabilidad, las reformas y la verdad. Cuando llega la factura, cada partido señala a los demás, pero muy pocos quieren sacar de debajo de la alfombra la suciedad de su propia complicidad.
La gobernanza a escondidas
A Rumanía no le faltan discursos sobre principios; le falta el valor de reconocer quién quiere, en realidad, el poder y a qué precio. En este juego, el PSD no parece dispuesto a asumir de forma transparente un acercamiento a la AUR, porque una alianza semejante podría erosionar electoralmente precisamente su imagen de partido «respetable» del sistema. La AUR, por su parte, no tiene ningún interés en dejarse ver en compañía de aquellos a quienes denuncia como parte del viejo mecanismo que pretende combatir.
Las reformas, el huérfano con la paternidad «cargada»
La incómoda verdad es que Rumanía necesita reformas estructurales duras, y estas no traen votos fáciles. Por eso, los partidos que prosperan electoralmente gracias a promesas de protección, dinero, privilegios y aplazamiento no se apresuran a administrar sinceramente el coste real de la corrección. Prefieren dejar la impresión de que otro hará el trabajo sucio, mientras ellos permanecen en la zona segura de la oposición moralizante o del gobierno en la sombra.
La huida de las elecciones anticipadas
La solución de las elecciones anticipadas se rechaza no por preocupación por la estabilidad, sino por miedo político-electoral. El PSD teme un desplome en favor de la AUR, y el presidente Nicușor Dan teme una eventual suspensión, así que cada uno invoca motivos «de sano patriotismo» para bloquear la salida del estancamiento. En realidad, todos estos cálculos convergen en el mismo resultado: mantener al espectro político al mando, sin que ninguno de los actores se vea obligado a asumir abiertamente la responsabilidad de la crisis.
El tecnócrata, como pantalla
De ahí también la fascinación por el primer ministro tecnócrata, la figura ideal de intermediación: lo bastante expuesto como para cargar con el descontento público, pero también lo bastante débil políticamente como para no estorbar las maniobras de quienes lo empujan al frente. Un primer ministro semejante no sería una solución de poder, sino una solución de camuflaje, guiada desde atrás por partidos que quieren evitar la reforma y conservar el control. Y eso no es gobernar, sino una forma elegante de mantener la responsabilidad bajo la alfombra.
Conclusión
Lo que vemos no es solo una crisis de mayoría, sino una crisis de sinceridad. Los partidos luchan por parecer inocentes, sus adversarios son convertidos en la causa de todos los males, y al electorado se le vende la idea de que cada uno de ellos es la solución, aunque todos trabajan, en esencia, para no perder el control del juego. Rumanía permanece así bloqueada en una política del disimulo, donde la verdad está a la vista, pero es empujada, metódicamente, bajo la alfombra.
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