Es paradójico que, en una cultura «literariocéntrica» como la nuestra, el producto más destacado a escala universal sea un escultor. No es la única paradoja de nuestra historia, pero es, de algún modo, la más llamativa. Aunque la figura del escritor, del autor de libros, es tutelar en nuestra tradición, no fue de entre ellos de donde surgió la cumbre cultural absoluta. Preciso que el valor de los pocos autores rumanos que gozan de reconocimiento y validación universales, de Cantemir a Cărtărescu, es incontestable. Del mismo modo, es fundamental la importancia de nuestros escritores en la forja de nuestra identidad cultural. Nuestra lengua actual, en su versión hermosa, no necesariamente en su versión hablada, es producto de la tríada Dosoftei–Eminescu–Nichita Stănescu. El software de la evolución de nuestra civilización fue escrito por Maiorescu y Lovinescu. Nuestro ethos es caragialiano. Desde todos los ángulos desde los que puede contemplarse, nuestro perfil cultural está dibujado por personas que se dedicaron a la literatura. Y, sin embargo, no fue de entre ellos de donde surgió el más grande.
En una entrevista que Cristian Mungiu nos concedió recientemente (podrán leerla íntegramente en la edición de 2027 de nuestro Almanaque), el cineasta observaba que, en materia visual, tanto los intelectuales como el gran público de Rumanía son más bien ignorantes. La literatura, el ensayo, la poesía, la filosofía y la historia son, por lo general, los puntos fuertes de la cultura general de un rumano. En cambio, la falta de educación y de buen gusto visual resulta evidente en el mundo rumano, mires donde mires. Nuestros estándares estéticos en urbanismo y construcción, en la vestimenta o en cualquier cosa que acondicionemos son pruebas vivas de conformismo o de fealdad. Y, sin embargo, nuestro artista nacional es un escultor. En concreto, un escultor nacido y criado en un entorno sociocultural en el que la educación estética sencillamente no existía, que llegó a Bellas Artes apenas a los 22 años —la edad a la que la mayoría termina los estudios superiores—, después de haber vivido en una provincia cultural. No cabe duda de que la obra de Brâncuși es producto del genio de este hombre y de ninguna escuela. No quiero decir que las escuelas y las experiencias formativas por las que pasó no le ayudaran; quiero decir que su obra no puede explicarse ni de lejos por su currículum. Como apasionado de Brâncuși, con un interés especial por su recepción, observo que tenemos serias dificultades para asimilarlo, en toda su importancia, dentro de nuestra cultura. Mi tesis es que seguimos siendo una cultura menor, no en cuanto a valor, sino en el sentido de Lucian Blaga (véanse las primeras páginas de «La génesis de la metáfora y el sentido de la cultura»), mientras que Brâncuși es un producto típico de una cultura mayor. Las culturas mayores no se enorgullecen de sus genios, sino que los admiran y cultivan sin cesar. Nosotros nos enorgullecemos de Brâncuși y nada más. Además, la paradoja de Brâncuși no se limita al hecho de que él, el hombre que revolucionó lo visual de la modernidad, apareciera en una cultura rudimentaria desde el punto de vista visual. La paradoja se prolonga: nuestra cultura, por muy «literariocéntrica» que sea, todavía no ha sido capaz de producir los grandes libros sobre Brâncuși, no ha sido capaz de ofrecer los libros que el gran artista merece. Sobre Brâncuși tenemos tomos enteros de encomios que van del lirismo adolescente al conspiracionismo, del estremecimiento folclorizante al ocultismo; libros en los que sus autores delirantemente nacionalistas y protocronistas lo ven como un santo, un mago, un gurú, un Zamolxe con martillo y cincel: ¡auténticas locuras! Y los libros rumanos serios son casi todos menores: se limitan al análisis indigesto de las obras o reproducen didácticamente itinerarios biográficos; algún autor se lanza también a especulaciones filosóficas según le alcance la vejiga metafísica. Hago una precisión: mi juicio se refiere a los libros escritos por rumanos en rumano, a los libros que la cultura rumana se ofrece a sí misma sobre el rumano cultural más grande de la historia. Son indiscutiblemente más valiosos los libros de muchos autores extranjeros sobre Brâncuși, desde la monografía de Carola Giedeon-Walker, publicada pocos años después de la muerte del artista, hasta la colección de ensayos coordinada por Friedrich Teja Bach en 1995, sin omitir, por supuesto, el estudio fundamental de Sidney Geist, de los años sesenta. Añado a los libros extranjeros importantes el volumen sobre Brâncuși de Radu Varia, nunca publicado en rumano; por tanto, un libro ajeno a nuestra cultura. En nuestro país, los únicos libros sobre Brâncuși que pueden leerse con verdadero interés son los de sus amigos o de quienes lo conocieron, y siguen siendo interesantes por su carácter anecdótico.
Así estaban las cosas hasta hace unos 10 o 15 años. En los últimos años, sin embargo, tengo la impresión de que los autores rumanos empiezan a dar a Brâncuși lo que merece, en lengua rumana. El panorama editorial se mueve bien. Sin duda, uno de los principales impulsos de esta evolución son los libros de Doina Lemny sobre Brâncuși. Casi todos estos libros —incluyo también los catálogos de exposiciones entre los «libros»— fueron escritos primero en francés y luego traducidos, con la aprobación de la autora, al rumano. Según mis criterios, esa aprobación hace que sean libros rumanos: con autora rumana y en lengua rumana.
El libro más reciente de Doina Lemny publicado en rumano es Las musas de Brâncuși (Editorial Vremea), traducido por Silvia Colfescu. Las musas, como se sabe, son figuras femeninas que inspiran y protegen. El libro de Doina Lemny presenta a 14 personajes femeninos que atravesaron la vida de Brâncuși como musas. Algunas lo protegieron, otras lo inspiraron. A algunas las amó. Sin duda, las 14 lo amaron. Algunas relaciones siguen siendo misteriosas en lo que respecta al erotismo: no sabemos si lo hubo o no.
La investigación de Doina Lemny no fue fácil, porque Brâncuși fue muy discreto con su vida íntima. Todas las fuentes convergen: el escultor llevaba sus relaciones con las mujeres hasta el límite de su libertad artística; nunca permitió que ninguna relación fuera más importante que el arte. Las mujeres eran pasajeras de su destino que, sin embargo, dejaban huellas. Cabe decir que este «medio campesino astuto, medio dios», como lo describió Peggy Guggenheim, dejó en el corazón de sus musas huellas mucho más profundas de las que ellas pudieron dejar en el suyo. El hombre era, al parecer, un seductor irresistible; el campesino era lo bastante astuto como para saber escenificar al (semidiós) de tal modo que asegurara el éxito. Sobre las huellas que estas mujeres dejaron en el corazón de Brâncuși es difícil hablar sin especular, pero sobre las huellas que dejaron en su obra alguien tan competente como Doina Lemny tiene cosas importantes que decir. La autora está realmente interesada en el impacto de estas damas sobre la obra de Brâncuși, y nos equivocaríamos si leyéramos el libro como una especie de catálogo donjuanesco. En realidad, partiendo de las musas de Brâncuși hacia Brâncuși, se nos abre una vía regia de acceso a su conocimiento. En el fondo, el libro de Doina Lemny es la historia aún no contada de cómo las mujeres de la vida de Brâncuși influyeron en su arte, aunque él no les permitiera hacerlo. Algo que nosotros, los hombres, reconocemos: las mujeres son capaces de hacerlo...
«,Últimas noticias
22:50
22:40
22:28
22:13
21:58
Ver más noticias