Al contemplar el «paisaje» político nacional e internacional, creo que cualquier persona, dotada siquiera de un poco de sentido común y algo de espíritu de observación, no puede dejar de asombrarse de que todavía haya candidatos a la «profesión» de político. ¿Qué puede pasar por la mente de quien desea ardientemente subir los peldaños de la afirmación política, llegando quizá, al final, a ser presidente, primer ministro, ministro, jefe de un partido importante y así sucesivamente? Eso sin hablar ya de los otros numerosos cargos, algo menores, pero no desdeñables, de jefes en departamentos y agencias de todo tipo. En resumen, ¿por qué querría alguien en su sano juicio, con una inteligencia media, no carente de cualidades e incluso de ciertas ambiciones, convertirse hoy en político?
¿Para gobernar a otras personas? Pero ya es una carga conseguir gobernarse bien a uno mismo, o cuidar de los suyos. ¿O quiere sentirse poderoso, dueño de las vidas ajenas? Qué idea tan necia: cuanto más arriba está el político, más dependiente es: de sus asesores, de los aliados con los que tiene que negociar, de la opinión pública a la que debe cortejar, de los «vasallos» a los que tiene que «ceb ar» bien para que no lo traicionen, de los servicios de inteligencia que le transmiten lo que ellos quieren. Sus guardaespaldas conocen todos sus secretos, la intimidad de su familia es vulnerada casi contractualmente por periodistas y paparazzi. El sueño puede ser interrumpido en cualquier momento por una información que no puede esperar. La comida, tomada al azar, no le sienta bien. Engorda, tiene palpitaciones, tiene la tensión alta. No tiene tiempo para los viejos amigos; es más, no pocas veces la opinión pública le exige que reniegue de algunos viejos amigos. La familia sufre no pocas veces. La esposa (el esposo) se convierten en personajes públicos, aunque no lo deseen. A los hijos los insultan en la escuela o, por el contrario, los adulan solo porque son los hijos de «alguien». Cuando alguien lo elogia, ya no sabe si lo hace por convicción o si quiere un favor. Cuando alguien lo critica, el político tiende a creer —y no faltan quienes se lo digan— que lo hace únicamente por mezquino interés, que le pagan sus enemigos o que es, sencillamente, un imbécil. Creer en la sinceridad y la buena fe de otro es un ejercicio del que el político tiende a desaprender lo antes posible y por completo. Pero ¿qué vida es esa en la que vives en una sospecha eterna, cuando a tu alrededor no ves más que traición, hipocresía y engaño?
Algunos dirán que, a cambio, el político obtiene ciertas satisfacciones: cumplir un programa, influir duraderamente en la vida de un país e incluso dejar una huella algo más amplia en la historia. Esa es la teoría. Pero la realidad es distinta: por lo general, si logra algo auténtico, será cuestionado. Otros se pavonearán con sus logros. Sus méritos serán minimizados y atribuidos a otros. En cambio, será injuriado desproporcionadamente por unos cuantos errores. Las envidias, los odios, las traiciones de sus rivales e incluso de sus «amigos» ensombrecerán su carrera. En cuanto a las «huellas amplias» y duraderas en la historia, de ellas no se ocupa él, sino un puñado de intelectuales que lo desprecian. Hace mucho que pasaron los tiempos en que los poetas cantaban las grandes hazañas de los gobernantes; hoy su estamento no sabe más que difamarlos y desafiarlos. Al político le queda la mezquina satisfacción de escribir sus memorias cuando ya no queda nada, derramando allí el veneno acumulado del pasado, y luego marcharse de este mundo más lleno de resentimiento que casi cualquier particular que haya vivido su vida decentemente.
Además, el político se siente amenazado, con la vida en peligro, y tanto más cuanto más importante es. Y si no está realmente amenazado, quienes lo rodean se encargan de explicarle que su vida, tan valiosa para la nación y la humanidad, es perseguida por enemigos. Lo rodearán de miles de precauciones, muros de protección, cámaras ocultas, guardias duplicadas y triplicadas; ya no podrá desplazarse por la ciudad sino escoltado por un ejército, ni podrá vivir más que en una especie de fortaleza. Dar un paseo una mañana, tranquilo, solo, por el parque: ¿qué puede ser más imposible para él? ¿No será entonces menos libre que la persona que ocupa el último puesto del escalafón estatal, la mujer de la limpieza que barre el suelo de su despacho? ¿Y entonces por qué no intercambia su lugar con ella? ¿O ella, sensata, se mantendrá alejada de semejante estupidez?
Antiguamente, los gobernantes al menos se reclutaban, de algún modo obligatoriamente, sobre todo de determinadas clases: aristócratas, familias principescas, posiciones sociales hereditarias, familias que habían servido al Estado durante generaciones, etc. Malos o buenos, quienes iban a gobernar no tenían elección: la tradición, la familia, el estatus social, el deber y el honor personales los empujaban a asumir posiciones más o menos importantes en el Estado. Pero hoy, ¿qué puede impulsar a un joven a elegir libremente la vocación de político, cuando tiene tantas otras carreras a su disposición? ¿Y qué rasgos debe tener?
Excluyendo algunas raras excepciones, solo puedo dar esta respuesta: es un fracasado, o está en vías de fracasar en su profesión, o es un frustrado en la vida, el trabajo, el amor, la familia; es un resentido enfadado con el mundo; pero, sobre todo, es alguien convencido de que la Providencia celestial lo ha elegido precisamente a él entre los varios miles de millones de seres humanos, porque, de lo contrario, Sus planes habrían fracasado lamentablemente y el mundo se habría precipitado en el caos. Y, convencido de esta desesperada locura —por la cual más bien debería ser mantenido bajo vigilancia en una institución especializada—, el individuo que elige la política está dispuesto a soportar todos los tormentos de los que hemos hablado, pero también a atormentar a sus pobres semejantes de todas las maneras imaginables, e incluso —como nos muestra la historia— de algunas que avergüenzan a cualquier imaginación.
https://www.dilema.ro/situatiunea/cine-vrea-sa-fie-om-politic
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