El señor Daniel Funeriu responde («¿Cómo? He aquí cómo») a mi artículo de Dilema (3 de septiembre de 2026), «¿Cómo, cómo, cómo?». Su Señoría califica, desde el principio, lo que yo afirmaba allí sobre la situación paradójica en la que se encontró la mayor parte del electorado de Nicușor Dan, después de más de un año de mandato, de «artimaña intelectual» que está decidido a «corregir». Me parece que son dos las objeciones que el señor Funeriu formula a la «artimaña»: en primer lugar, que, aunque admito que sabía bastantes cosas de algún modo negativas sobre Nicușor Dan, entonces preferí (yo y muchos de los que lo propusimos y luego lo apoyamos en la campaña presidencial de 2025) cerrar los ojos, y ahora me lamento sin fundamento de que las cosas hayan tomado una dirección distinta de la que esperaba. «Esto no es la descripción de un engaño, sino de una deducción rechazada... No les faltaron datos, sino la conclusión». En otras palabras, el presidente Dan fue consecuente, pero nosotros, sus partidarios, confundimos nuestras ilusiones con realidades. La segunda objeción es que no sometí al candidato (o a los candidatos a la presidencia) a una prueba, a un examen, junto con otros candidatos, para saber con quién tratábamos. Me reprocha la «ausencia del procedimiento» de selección, sobre cuya base parece creer que otra persona habría tenido muchas más posibilidades que N. Dan de convertirse en un buen presidente. Ofrece también un modelo autóctono: el procedimiento de 1992 en el marco de la Convención Democrática, que designó a su presidente. Concluye severamente que nosotros, quienes propusimos y/o apoyamos a N. Dan, no tenemos ninguna excusa y debemos asumir al presidente con todo —lo bueno y lo malo—. No puedo dejar de observar que el señor Funeriu no se encuentra en la mejor posición moral para formular semejantes reproches: se presentó a la presidencia en 2025 y obtuvo el 0,53% de los votos en la primera vuelta. (Nicușor Dan obtuvo el 21%.) La verdad es que la frustración y el resentimiento gritan desde cada letra de su texto. A esta Casandra local le recomendaría, sin embargo, más indulgencia con la falibilidad humana: en 2014, Su Señoría estaba en el PMP, esperando incluso ganar la jefatura del partido frente a Elena Udrea, para quien Băsescu había escindido de aquel partido el PDL. ¡Eso sí que es ceguera política!
La pregunta es: en 2025, ¿habríamos tenido motivos sólidos para sospechar que Nicușor Dan «se desviaría», ignorando o contradiciendo muchas de las expectativas de su electorado? Mi respuesta es que no existían semejantes motivos. Como mucho, podíamos temer que cumpliría demasiado poco de algunas expectativas, pero no que contradijera flagrantemente varias de las más importantes. Yo escribía en el artículo que muchos éramos conscientes de que el señor Dan tenía algunos defectos —por ejemplo, era obstinado, era un mal comunicador, era lento en la toma de decisiones, etc.—. Pero de ahí no se desprende en absoluto, como supone sin fundamento el señor Funeriu, que debiéramos haber deducido que se negaría a nombrar a personas de calidad, que utilizaría escritores de lenguaje de madera para los comunicados, que recurriría al argumento de autoridad ante la prensa o que adularía a Trump. El hombre podría haber aprendido algo nuevo, progresado, madurado como político. En el fondo, era inteligente y había tenido a su lado durante la campaña a una multitud de personas inteligentes y capaces, dispuestas a ayudarlo. Tampoco era en absoluto obligatorio suponer que su conocido «conservadurismo» permanecería congelado en los años 2000, cuando el futuro político nos recomendaba los libros del neolegionario Răzvan Codrescu. Al contrario, era racional creer que dos décadas de actividad cívica y política, los cargos públicos, los contactos con numerosas personas del país y del extranjero, las lecturas, pero también sus propias reflexiones cambiarían la manera en que el actual presidente entiende la historia y la política nacionales e internacionales. Y hay algo más esencial: la regla (tanto aquí como en otras partes) es que un político victorioso en unas elecciones —sobre todo en su primer mandato— procure responder, aunque sea parcialmente, a las expectativas de su propio electorado. Así lo hicieron Constantinescu, Băsescu e incluso Iohannis en su primer mandato; así lo hizo también Iliescu con respecto a su propio electorado. Contrariar ya desde los primeros meses de mandato expectativas importantes del propio electorado es, como mínimo, insólito y merece una explicación, aunque no se encuentre también un remedio. (Desde luego, el señor Funeriu puede enorgullecerse de haberlo sabido todo desde el principio, pero nosotros no estamos a la altura de su omnisciencia.)
¿Habría ayudado someter al candidato a una prueba ante una comisión ad hoc? Lo dudo. Imaginemos el siguiente diálogo ante una comisión de sabios. Pregunta: «Señor Dan, como presidente, ¿mantendrá en el cargo de jefe del SPP al señor Pahonțu, sin cambios desde hace más de 20 años, aunque se demuestre que participó en la represión del 21 de diciembre de 1989 como oficial de la Securitate?». «¡No!» «¿Apoyará a la señora Lia al frente de Justicia, pese a las críticas de la sociedad civil y de algunos magistrados?». «¡Nooo!» «¿Nombrará como fiscales jefes a personas controvertidas?». «¡Noooo! «¿Intentará destruir el PNL, nombrando primer ministro a un vicepresidente del partido sin su consentimiento?». «¡Noooooooo!» «¿Guiñará el ojo a los neolegionarios, intentando por todos los medios bloquear la ley Wexler?». «¡Nooooooooooooo!» Etc. Lo más curioso es que el ejemplo, supuestamente positivo, de 1992 que me da el señor Funeriu es más bien un contraejemplo: en efecto, entonces se examinó a varios candidatos para el cargo de presidente de la CDR y candidato a la presidencia de Rumanía. La lucha final se libró entre Emil Constantinescu y Nicolae Manolescu. Ganó el primero, porque habría prometido a Corneliu Coposu (quien decidió el resultado) que restauraría la monarquía. Todos vimos lo que ocurrió.
Sostengo, por tanto, que el «viraje» de Nicușor Dan —inusual por su amplitud, alcance y rapidez— fue, en gran medida, imprevisible sobre la base de la información general accesible al público. «No rechacé la deducción», como afirma el señor Funeriu, sino que estimé lo probable en las condiciones muy confusas de entonces (elecciones anuladas, candidato soberanista en ascenso, centro dividido). Tomé una decisión nada sentimental. En aquellas condiciones, parecía razonable. Sea como fuere, me equivoqué. No ocurrió lo que esperaba, lo que aguardaba y, sobre todo, lo que creía que sería útil para el país. Eso es lo importante, no el rencor del candidato del Cero-coma-cincuenta-y-tres por ciento.
P. D. El señor Funeriu está escandalizado porque, en mi artículo «A la caza de sorosisismos», publicado en Dilema en 2025, supuestamente lo habría etiquetado de antisemita por «una frase ni siquiera crítica sobre Soros». He aquí la frase «ni siquiera crítica», que cito en el artículo en cuestión: «Soros es criticado con razón [por Elon Musk] por haber querido —y haber logrado parcialmente— llevar a cabo ingenierías sociales muy malas: hacer que nuestros jóvenes crean que el hombre es mujer y el lobo, oveja...». Después, yo comento: «La afirmación, una pura necedad, es una más de la multitud de difamaciones sistemáticas y con tufillo antisemita (solo quien no quiere no lo percibe) contra el multimillonario y filántropo húngaro-estadounidense. En realidad, lo que intentan estos detractores —empezando por el primer ministro húngaro Viktor Orbán y continuando con Elon Musk y toda la extrema derecha internacional— es calumniar y desacreditar el concepto fundamental y la finalidad de las acciones filantrópicas de George Soros: la “sociedad abierta” (un concepto urdido, naturalmente, con el propósito de destruir, se afirma, las sociedades “cristianas”)».
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