Reconozco que, con la edad, me he interesado cada vez más por la manera en que me veo en el espejo que me ponen delante no tanto (o no solamente) los amigos y quienes me aprecian, sino también los adversarios de mis ideas. Así descubro muchas cosas instructivas sobre mí, pero también sobre quienes me critican. ¿Son correctas o no? – probablemente lo decidirán otros. Pero he aquí lo que me ocurrió hace unos días, desde este punto de vista: leí un texto largo y bastante prolijo del señor Paul Dragoș Aligică que me pone en un aprieto: casi no sabía, al principio de leerlo, si el señor Aligică era un gran admirador mío – eso sí, delirante – o un adversario igualmente delirante. (Probablemente se trate, después de todo, de un adversario.) Sea como sea, como dijo Sócrates en el juicio, no consigo reconocerme en la «foto» que me hizo, en su texto publicado en FB el 25 de septiembre del año en curso. (Allí el señor Aligică salió en apoyo de algunas de las críticas que me dirigió el señor Daniel Funeriu, a quien respondí, en la medida de mis posibilidades, en el artículo del número anterior.)
¿Quién soy yo, pues, en la visión de Aligică? «El señor Andrei Cornea es desde hace años una de las voces más que importantes de la corriente intelectual, ideológica y publicística asociada con lo que se denomina habitualmente “el mundo bueno”. Se trata de una red de instituciones, relaciones y plataformas de influencia que se expresa a través de entidades y grupos como la revista 22, el Grupo para el Diálogo Social y la revista Dilema, así como mediante toda una estructura de relaciones y actividades informales... Desde estas posiciones, el señor Cornea ha contribuido constantemente, como ideólogo y publicista, a articular unas evoluciones que han modelado el clima de opinión y la vida pública de Rumanía». ¿No suena esto a elogio?
¿Qué habría realizado, sin embargo, el supuesto «mundo bueno», del que parece que yo sería una voz «más que importante»? No algo bueno, por desgracia: las redes y los grupos respectivos, a los que habría contribuido como una especie de capo di tutti capi mediante «actividad ideológica y publicística», habrían conducido a «la formación y alimentación del actual clima de polarización, confusión y odio en Rumanía». Bueno, ahora empezamos a aclararnos: así pues, la polarización, las confusiones, el odio, las profundas fracturas sociales, culturales y políticas reales que conocemos se explican, deja entender el señor Aligică, no – como muchos creíamos – por la violencia verbal del extremismo, de los neofascistas y de los neolegionarios, a veces rebautizados como «soberanistas», ni por la propaganda de centros de poder visibles u ocultos contra los llamados «progresistas», ni por la difusión en las redes de narrativas antisistema y antieuropeas, donde la influencia rusa es fácil de descifrar; ni siquiera se menciona como coautores de los males a los malos gobiernos de, al menos, los últimos años, que han profundizado los descontentos y las desigualdades económico-sociales, ni se recuerda en absoluto la influencia combinada de la ideología MAGA y de la «sabiduría rusa» (que no promovió el «mundo bueno»), ni la guerra de Ucrania (respecto de la cual parece que el señor Aligică aún no ha adoptado una posición firme), ni la captura del Estado, con sus principales instituciones, por círculos de los servicios de inteligencia, ni el bloqueo de las reformas, ni las presiones sobre los periodistas independientes, ni siquiera el desprecio de algunas autoridades hacia la educación y el conocimiento, por no hablar de la corrupción y la incompetencia de un gran número de políticos; no, los únicos responsables, puesto que en el artículo ni siquiera se menciona a otros, son, según el señor Aligică, los «intelectuales públicos», coaligados en el llamado «mundo bueno», donde Andrei Cornea es «una de las voces más que importantes». Sí, al parecer el «mundo bueno» ha degradado la vida pública de Rumanía – aunque, por lo demás, objetivamente hablando, tenemos poder político cero, pocos fondos, tiradas minúsculas y un número insignificante de “likes” en comparación con los muchísimos influencers ajenos al «mundo bueno». Y yo, personalmente, que desde hace años ya no soy invitado a las televisiones, que rara vez concedo alguna entrevista a Radio Rumanía o a alguna revista cultural, y esa sobre Platón, y que desde hace muchísimo tiempo ya no soy contactado por periodistas extranjeros, ¡sería de algún modo el centro de esta verdadera red oculta! Por muy halagado que me sienta por las caracterizaciones del señor Aligică, debo declarar que no soy yo aquel de quien habla. Es cierto que quizá algunos grupos y algunas publicaciones mencionadas por el señor Aligică (Dilema, 22), con las que colaboro desde hace muchos años, desempeñaron en algún momento, hace muchísimo tiempo, en los años noventa del siglo pasado, un papel público más significativo en la lucha por la democracia, pero desde entonces han transcurrido más de dos décadas; ¿acaso esas mismas publicaciones, esos mismos grupos, esas mismas personalidades han de tener la exclusividad de la responsabilidad por las desgracias que se ciernen sobre Rumanía, del mismo modo que fueron los enemigos públicos también en tiempos de Iliescu, de Vadim Tudor y de sus correligionarios? Porque ellos también hablaban de ciertos intelectuales públicos en términos más o menos idénticos, con la única diferencia de que lo hacían en el registro estilístico de la invectiva, no en el de una pseudo-sobriedad académica.
Y si a alguien todavía le quedara alguna duda sobre la identidad del «enemigo público n.º 1», he aquí la conclusión, supuestamente prudente y «científica», del señor Aligică: «Es posible que la existencia de este fenómeno colectivo (“el mundo bueno”, nota de A.C.) y su estela de influencia pública hayan contribuido a la degradación y distorsión de la opinión pública y del clima de ideas en Rumanía, a la politización excesiva de la vida intelectual, así como a algunas de las tendencias políticas que han alimentado la actual crisis política, social e identitaria». Posible es cualquier cosa. Pero ¿es también verosímil que precisamente estos «intelectuales públicos», y no cualesquiera, sino precisamente los demócratas, de ideas liberales, antitotalitarios y promotores desde hace décadas de la «sociedad abierta» y de las reformas en espíritu europeo, sean los primeros enemigos de la nación, antes que tantas otras causas y circunstancias, sobre las que el señor Aligică no dice una palabra, e incluso antes que otras figuras públicas mucho más conocidas? Sigue el final – verdaderamente delirante por su conspiracionismo ni siquiera disimulado: el fenómeno del «mundo bueno», donde Andrei Cornea es, supuestamente, «una de las voces más que importantes», sería un «fenómeno sociopolítico en el que la influencia, el poder y la autoridad se ejercen bajo el parapeto o el velo de una presunta inocencia y bondad intelectual...». ¡Qué bien que el mundo rumano (y desde hace algún tiempo la Academia Rumana) disponga de este sagaz observador, a quien veo situado políticamente del lado del «nacionalismo sano»! Baja el «parapeto», arranca el «velo» y muestra claramente a cualquier ingenuo dónde se escondía el diablo: no en el Infierno, ni en el mundo político, ni en Putin, ni en Trump, ni siquiera «en los detalles», como dicen algunos, sino precisamente en las páginas de unas cuantas revistas de tiradas modestas. ¡Me siento halagado, señor Aligică!
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