En cualquier coalición de gobierno, en cualquier lugar, no solo en las orillas del Dâmbovița, existen desavenencias, conflictos, sincope. Por muy sólido que sea el programa de gobierno negociado, las diferencias de ideas, de opiniones, de personas, de costumbres, de vicios entre los aliados políticos no se disuelven de la noche a la mañana. Mucho menos en Rumanía. Los partidos de la coalición miden periódicamente su apoyo electoral y se agitan a su manera, con artificios retóricos y luchas existenciales en debates televisados después de cada encuesta de opinión. La armonía perfecta es una ilusión; si hipotéticamente fuera posible, los socios de gobierno se fusionarían y resultaría un solo partido. Por su propia naturaleza, cualquier coalición es y sigue siendo heterogénea, las negociaciones y los compromisos son siempre útiles, si... son posibles. De lo contrario, las disensiones latentes explotan.
El alboroto en la actual coalición de gobierno no es ni nuevo ni extraño. Lo que es nuevo y extraño en esta coalición es otra cosa. Algunos socios ni siquiera han terminado bien la negociación del programa de gobierno y ya han comenzado a hamletizar: ser o no ser en la coalición, ser o no ser juntos con un partido u otro, estar o no de acuerdo con las reformas a las que se han comprometido, cambiar o mantener al primer ministro. El PSD es el campeón de la hamletización. Sus líderes están atormentados por la dilema de salir del gobierno: quieren irse y quieren quedarse. Sociólogos, politólogos y otros asesores de servicio explican las ventajas que tendrían los socialdemócratas si rompieran el camino de la gobernanza. Periodistas de todas las orientaciones no se cansan desde hace meses de presentar y debatir noticias sobre este tema.
Los líderes del PSD saben que la dilema de salir del gobierno es falsa, pero creen que pueden usarla con éxito en la estrategia de comunicación para hipotéticos beneficios electorales. También es falsa la dilema del cambio de primer ministro. Cualquiera de estos movimientos políticos implicaría negociaciones para formar un nuevo gobierno y obtener el voto de confianza en el Parlamento. Se necesitaría otra coalición de gobierno para formar otra mayoría parlamentaria. La solución del gobierno minoritario fue posible en otras condiciones políticas, por ejemplo, en los años 1992-1994 y 2007-2008, pero hoy ningún partido tiene la fuerza para coagular el apoyo parlamentario necesario para votar y sobrevivir a un ejecutivo de este tipo. Si los socialdemócratas salen del gobierno, solo tendrán dos opciones políticas: o una mayoría con AUR, o elecciones anticipadas. La primera es suicida, porque el PSD sería fagocitado por AUR; la segunda es prácticamente imposible, como se ha demostrado desde la entrada en vigor de la actual Constitución hasta hoy.
Otra dilema, igualmente falsa y tan agitada en el debate público y en los rincones, transfiere la hamletización dâmboviteana del espacio político interno al externo: ¿con quién juega Rumanía, con la Unión Europea o con los Estados Unidos? Esta dilema no solo es falsa, también es estúpida. Puede ser explicada, pero no justificada por las tensiones acentuadas recientemente en el mundo euroatlántico por la inadecuación a la realidad de algunas políticas promovidas por la burocracia de Bruselas y por la personalización sin precedentes de la actual administración estadounidense, con reacciones abruptas e intempestivas. Ha habido también en otras épocas tensiones en el mundo euroatlántico, latentes o manifiestas, generadas ya sea por intereses económicos opuestos, ya sea por visiones diferentes sobre estrategias políticas y de seguridad. Ahora, como entonces, tales tensiones -inevitables no solo en las estructuras políticas internas, sino también en las internacionales- pueden oscurecer, pero no pueden dinamitar ni los valores ni los principios que constituyen el fundamento indestructible del mundo euroatlántico, ni las instituciones construidas sobre este fundamento.
Se ha intentado y se intenta en ambas orillas del Atlántico (en competencia con los pseudo-debates en las orillas del Dâmbovița) introducir una disyunción tan falsa, tan peligrosa. La arquitectura institucional y jurídica del mundo euroatlántico -incluyendo el compromiso con el estado de derecho y la democracia constitucional, el orden internacional basado en tratados multilaterales y bilaterales, la cooperación económica y tecnológica- se contrapone a las raíces de las que ha crecido esta arquitectura y que la alimentan continuamente. La arquitectura jurídica e institucional -que define el mundo libre y lo distingue del mundo de las dictaduras y de las teocracias- no habría aparecido si no hubiera existido la cultura grecorromana y la cultura judeocristiana. Ignorar o negar las propias raíces priva al mundo euroatlántico, el mundo de la libertad, de las fuentes de existencia y de regeneración.
El reconocimiento de estas filiaciones culturales es vital, pero también se vuelve peligrosa cuando se desvia hacia una negación inversa, en la culpabilización de la arquitectura jurídica e institucional que ha crecido de las raíces grecorromanas y de las judeocristianas. El mundo euroatlántico perdería su identidad como mundo de la libertad si corta sus raíces, y si destruye sus frutos. Ni la Unión Europea ni los Estados Unidos podrían resistir en las confrontaciones cada vez más duras que perturban el orden internacional si no salvan esta identidad común, en la que coexiste la estructura contractual del estado de derecho y de la democracia constitucional con la historia cultural prolongada que la ha hecho posible.
Rumanía no tiene que elegir entre la Unión Europea y los Estados Unidos porque estos solo pueden existir juntos, a través de la arquitectura jurídica e institucional que han creado sobre la base de los valores y principios formados y consolidados por una historia cultural y política de más de dos mil años. Además, Rumanía se ha integrado en esta arquitectura, y tal elección significaría amputarse una parte de su propia identidad.
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