El caos político lleva a Rumanía hacia la catástrofe. No nos engañemos: lo que todavía nos mantiene plausibles y funcionales (tal como sabemos funcionar) es el estrecho vínculo que tenemos con la realidad económico-política de Occidente a través de nuestra pertenencia a la UE y la OTAN. Nada de lo que hacemos administrativa y políticamente dentro del país podría sostener, ni siquiera mínimamente, las funciones vitales del enfermo llamado Rumanía. Nuestra suerte es que, por un lado, no existen procedimientos claros ni precedentes de expulsión de miembros de la OTAN o de la UE y que, por otro lado, las dos organizaciones fueron concebidas de tal modo que funcionan mediante una integración continua de sus miembros. La OTAN y la UE no son organizaciones estándar, diseñadas para hacer una sola cosa y hacer únicamente esa, como son casi todas las organizaciones internacionales, sino organizaciones diseñadas para hacer cada vez más cosas, para reunir a sus miembros en torno a objetivos cada vez más numerosos y variados. Esta es, ahora, nuestra salvación: el hecho de que las relaciones dentro de la UE y la OTAN sean tan complejas y el grado de interdependencia entre los miembros sea tan grande que, por mucho que nos golpeemos a nosotros mismos, esta red la mantiene a flote, como un salvavidas.
Sobre esta realidad completamente nueva de Europa se basan quienes dicen que, aun así, el derrumbe de nuestra democracia como en el período de entreguerras ya no es posible, por mucho que nuestros años se parezcan a los años 30. Además, esta vez el elemento hostil y agresivo ya no está precisamente en el corazón de Europa, como estaba en los años 30, sino en su margen. Esto no significa, sin embargo, que el derrumbe de nuestra democracia, tal como la conocemos, con todas sus debilidades, todas sus contradicciones y toda su hipocresía, no pueda ocurrir. Puede suceder, pues, como dijo proféticamente el presidente Ronald Reagan, la democracia está siempre a una generación de la extinción. Esta vez es más plausible el escenario en el que el propio pueblo rumano, directamente, pueda hacerla añicos. En los años 30 entramos en la dictadura carlista, degeneramos en el Estado legionario, luego en el Estado antonesciano y, finalmente, en el comunismo, sobre todo a causa de acontecimientos externos que éramos demasiado débiles para poder cambiar, si no el curso, al menos sus consecuencias para nosotros. Entonces, todo fue decidido por una serie de decisiones políticas sobre las que nuestra nación no fue llamada a pronunciarse. Entonces, como ahora, la nación no entendía lo que le ocurría, pero la diferencia entre ambas incomprensiones es enorme. Si hace 100 años la nación no entendía con precisión lo que le ocurría porque no estaba informada y no podía debatir ampliamente la información, ahora la nación está expuesta a toda la información posible y debate en la fórmula más amplia posible, a través de los medios y las redes sociales. Esta abundancia de información lleva a la desinformación, exactamente igual que llevaba a ella la falta de información, conforme a una paradoja de la que se ha hablado y escrito mucho. Ahora, a diferencia de los años 30, podemos arruinar la democracia con nuestras propias manos, en plena libertad, ahogados en una abundancia informativa sin precedentes, cuando está al alcance de cualquiera una cantidad de conocimiento como nunca antes.
Me intriga seriamente el comportamiento de nuestra clase política. Compuesta por personas débiles, carentes de valores, de visión, de verdadera competencia y de responsabilidad, la clase política rumana hace todo lo necesario para hundir el país. Hoy, la política es la piedra de molino más pesada alrededor del cuello de Rumanía. Casi todos los nombramientos políticos se realizan despreciando la idea de competencia y responsabilidad. Paso a paso, los políticos rumanos trabajan como siguiendo un manual para desencadenar catástrofes nacionales. ¿Se dan cuenta?
En su libro Cose di Cosa Nostra, el legendario magistrado antimafia Giovanni Falcone cuenta que un colega suyo, interrogando en 1980 al mafioso italoestadounidense Frank Coppola, que ya se acercaba a los 90 años, le preguntó en un momento dado: «¿Qué es, en realidad, la Mafia?». Coppola se habría quedado un poco pensativo, con aire de «hmmm, ¿cómo se lo digo más claramente?», y, al cabo de un rato, respondió: «Signor Giudice, supongamos que el puesto de fiscal jefe está vacante y se presentan al concurso tres fiscales. El primer candidato es inteligente, honrado y competente. El segundo candidato cuenta con un apoyo político muy fuerte. El tercer candidato es un idiota al 100 % (en el original, cretino). Al final, después de todas las pruebas del concurso, este tercer candidato obtiene el puesto. Eso es la Mafia...». Y, más adelante, Falcone sintetiza: «Allí donde la Mafia tiene el control, los puestos en las instituciones tienden a confiarse a idiotas» («Dove comanda la Mafia, i posti nelle Istituzioni vengono tendenzialmente affidati a dei cretini»). Es evidente por qué se prefiere al idiota. Al candidato competente es difícil engañarlo. El candidato con apoyo político tiene una agenda clara que debe seguir. El idiota, en cambio, es fácil de engañar y ayuda a la Mafia sin saber que la ayuda. Es el candidato perfecto para la Mafia, pues es el más barato y el más fácil de manipular: por ser idiota, hace lo que no debe sin darse cuenta de lo que hace.
Me vino a la mente este episodio no hace mucho, cuando alguien, exasperado por lo que ocurre en nuestra Rumanía, me dijo que cada vez cree más en el siguiente escenario. La prolongación de la crisis política, efecto del bloqueo de los partidos en obstinaciones estúpidas y de las incapacidades presidenciales, ya produce una caída económica que empieza a ser desastrosa. Así, Rumanía es empujada hacia la quiebra económica, que llevará a la salida precipitada de las grandes corporaciones occidentales, que venderán por nada, al primero que aparezca, sus activos aquí. Estos «primeros en llegar» después de las grandes salidas están esperando con impaciencia y ya están preparados. No forman parte, desde luego, del mundo económico occidental ni de las empresas o los empresarios prestigiosos, sino que vendrán de las zonas grises de la economía global. En este plan siniestro, destructor para el país, pero de enorme beneficio para «ellos», los políticos y las galerías de ultras políticos que gritan sus exasperaciones en amplios coros en las redes, los periodistas políticos de la televisión, los corredores y corredoruchos de poder, conocidos o desconocidos, de las orillas del Dîmbovița, desempeñan el papel de idiotas útiles o de compañeros de viaje de esos «ellos». Aquel alguien que me dijo que cada vez cree más en este escenario llamaba a «ellos» precisamente así, «una mafia». Pero ¿quién o qué podría ser esta mafia? —me pregunté. Así me vino a la mente el episodio del libro de Falcone.
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