El Centro de Políticas Europeas afirma que la Unión Europea ya tiene herramientas económicas importantes, pero no es percibida por Washington y Beijing como lo suficientemente dispuesta a utilizarlas. Los autores proponen una doctrina de "asertividad reactiva", con líneas rojas claras, mecanismos preparados de antemano y respuestas proporcionales a la coerción económica.
El Centro de Políticas Europeas sostiene que la Unión Europea debe pasar de la apertura económica a una forma más creíble de disuasión, en un contexto en el que la competencia global está cada vez más definida por la coerción económica, subsidios, dependencias tecnológicas y presiones sobre las cadenas de suministro. En el análisis "De la apertura a la disuasión: la doctrina de asertividad reactiva de Europa", Georg Riekeles y Varg Folkman afirman que el problema de Europa no es la falta de herramientas, sino la falta de una percepción creíble de que estas herramientas serán utilizadas cuando la Unión esté bajo presión económica.
En resumen
1. El Centro de Políticas Europeas afirma que la Unión Europea necesita una doctrina económica más clara, no solo ajustes a las herramientas comerciales existentes.
2. Los autores sostienen que Washington y Beijing no están convencidos de que Europa esté dispuesta a soportar costos económicos para responder a la coerción.
3. El análisis propone una doctrina de "asertividad reactiva", basada en líneas rojas claras y respuestas proporcionales, preparadas de antemano.
4. El EPC también propone discutir un instrumento europeo inspirado en la Sección 301 de la legislación comercial estadounidense, para reacciones más rápidas a distorsiones sistémicas.
El análisis del EPC parte de la constatación de que la Unión Europea ya dispone de palancas económicas fuertes. El mercado único ofrece acceso a una de las áreas de consumo e inversión más importantes del mundo, y el Instrumento anti-coerción ofrece a la Comisión Europea la posibilidad de reaccionar a acciones de coerción injustificadas contra la Unión o los Estados miembros.
Según los autores, el problema es que el poder económico no produce disuasión si los demás actores no creen que será utilizado. El EPC señala que tanto Estados Unidos como China tienden a reducir en su cálculo la disponibilidad de Europa para soportar costos económicos en caso de un enfrentamiento. Esta percepción debilita la capacidad de la Unión para prevenir presiones comerciales, tecnológicas o industriales.
Riekeles y Folkman sostienen que la Unión Europea ya no puede separar la competitividad de la seguridad económica. La erosión industrial se convierte en una vulnerabilidad estratégica, las dependencias crean riesgos de coerción, y las cadenas de suministro se han convertido en activos geopolíticos. En esta lógica, la política industrial, la política comercial y la seguridad económica deben ser tratadas conjuntamente.
La doctrina propuesta por el EPC se llama "asertividad reactiva". No buscaría un enfrentamiento permanente y no significaría proteccionismo generalizado. Significaría establecer líneas rojas claras, preparar de antemano los mecanismos de respuesta y aplicar de manera automática, proporcional y rápida medidas cuando surjan coerciones económicas, dumping por sobrecapacidad, discriminación o distorsiones sistémicas del mercado.
Los autores afirman que las herramientas europeas actuales siguen siendo demasiado fragmentadas, demasiado lentas y demasiado dependientes de procedimientos jurídicos construidos para una época en la que el sistema comercial internacional era más estable y más centrado en la Organización Mundial del Comercio. Ante choques sistémicos, como la sobrecapacidad industrial en sectores como los químicos o la maquinaria, las reacciones tradicionales producto a producto pueden llegar demasiado tarde.
Una de las propuestas centrales del análisis es examinar un instrumento europeo inspirado en la Sección 301 de la Ley de Comercio estadounidense. Un mecanismo así permitiría la investigación rápida de distorsiones sistémicas, comportamientos asertivos y desestabilización macroeconómica, con la posibilidad de adoptar medidas proporcionales antes de que los ecosistemas industriales europeos se vean afectados de manera irreversible.
El EPC subraya que un instrumento así no debería construirse contra un país en particular. La apuesta sería la credibilidad europea: la capacidad de la Unión para transmitir que la presión económica, el dumping por sobrecapacidad o las restricciones discriminatorias de acceso al mercado tendrán consecuencias, incluso sobre el acceso al mercado único.
El análisis también propone discutir una capacidad institucional más fuerte para gestionar riesgos económicos transversales, incluso a través de un posible Consejo Europeo de Seguridad Económica. Un marco así permitiría evaluar escenarios en los que el comercio, la tecnología, las finanzas, la industria y la seguridad se superponen.
La discusión llega en un momento en que la Unión Europea intenta adaptar su modelo económico a la competencia entre grandes potencias. China acelera la autosuficiencia industrial y tecnológica, Estados Unidos utiliza con más frecuencia herramientas de política económica estratégica, y Europa busca evitar dependencias que puedan limitar su autonomía política.
Para el EPC, el objetivo realista de Europa no es volver al período de hiperapertura de la globalización ni remodelar el comportamiento de China. El objetivo es una coexistencia resiliente, en la que la Unión pueda seguir prosperando sin que Washington o Beijing determinen sus elecciones estratégicas.
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