El movimiento comenzó a mediados de septiembre, como protestas en los institutos de los suburbios pobres de París, debido a la falta de profesores y a las precarias condiciones de las escuelas, y posteriormente reunió a alumnos, estudiantes, sindicatos y miembros de los «Chalecos Amarillos». El 17 de octubre, decenas de miles de personas salieron a protestar en Francia, mientras que en París 61 personas fueron detenidas hasta las 11:00, después de que también se dispersaran dos marchas no declaradas.
Posteriormente, las manifestaciones continuaron con episodios de violencia: ante la preocupación por «nuevos actos de violencia», el primer ministro Sébastien Lecornu advirtió sobre los riesgos después de que más de 900 policías resultaran heridos desde el inicio, y las autoridades anunciaron restricciones y prohibiciones en zonas estratégicas, incluidos los Campos Elíseos y las estaciones de tren, así como medidas contra el uso de botellas o bidones con gasolina o gas.
Antes de un nuevo fin de semana de manifestaciones, el Gobierno francés también anunció la preparación de una respuesta organizada: una movilización masiva de las fuerzas del orden y conversaciones con los sindicatos para «garantizar el derecho a protestar», en un contexto en el que las manifestaciones anteriores incluyeron enfrentamientos, saqueos e incendios, mientras que el Parlamento decidió iniciar una investigación sobre los disturbios, incluidas posibles deficiencias de los servicios de inteligencia.