El texto de abajo fue escrito hace 11 años. Lo retomo por el cariño que le tengo a Victor Rebengiuc, quien acaba de cumplir 93 años. Siempre lo he admirado con gran afecto, tanto por su gran talento actoral, como por su espíritu cívico, y por su humor y cordialidad. No debo olvidar: también por la sutil intuición de su pareja de vida optimista: la milagrosa señora Mariana Mihuț, un referente del talento y de la feminidad en la escena rumana.
Alrededor de 1990 o '91, cuando estaba "en Cultura", en un momento dado, tuve que conocer al nuevo embajador de Francia. Participábamos juntos en una recepción y, pasando de una conversación a otra, cada uno esperaba el episodio de la reunión. Sin embargo, la recepción se acercaba a su fin y la reunión no se producía. Así que pregunté a alguien cercano si acaso el embajador estaba ausente. "¡Pero ya has hablado con él largo rato!" – me respondieron. Solo entonces identifiqué al personaje y, más en broma que en serio, me disculpé: "¡No tiene el aire 'técnico' de un embajador!". "Me alegra" – replicó mi futuro buen amigo. "Debo decirle, a mi vez, que usted tampoco tiene el aire de un ministro!" Fue el cumplido más halagador que he recibido en mi carrera pública.
Lo primero que me viene a la mente cuando intento explicarme la admiración hacia Victor Rebengiuc es que no tiene el aire (ni los aires) de un actor. No "se le lee en la cara" la profesión, no tiene los tics, las maneras, la "marca" profesional característica. Creo, en general, que algo no está bien cuando la fisonomía de alguien traiciona, instantáneamente, una ocupación. Prefiero la máscara genérica de la humanidad a la "especialización" caricaturesca de los rasgos. Tener cara de "filósofo", de "pueblo", de "profesor", de "escritor", de "pintor", de "ingeniero" significa, pura y simplemente, desaparecer dentro de una categoría, no tener rostro. Si hay que parecerse a algo, hay que parecerse a tu vida interior, a tu naturaleza y a lo que has logrado añadir, con el tiempo, a través de un esfuerzo tenaz y un drama asumido. De lo contrario, adquieres la inexpresividad de un retrato funcional, de una destreza impersonal. No quiero decir que me gusten los pensadores que tienen cara de camareros o los críticos literarios que tienen cara de contables. Pero en el encuentro cara a cara tiendo a buscar más bien la autenticidad, la idea propia, la emoción, el "rostro", que la mera rutina de una actividad.
Victor Rebengiuc puede interpretar brillantemente cualquier papel, porque nunca interpreta el papel del "artista". La única "señal" de su compromiso específico es, quizás, la cristalina inconfundible de su dicción, la dicción transparente, la atención inusitada hacia la claridad de la emisión vocal y del mensaje. Y no se trata de la afectación habitual del escenario, de la preocupación pedante, artificial, por el efecto sonoro, por la impostación viril de la voz. Se trata del respeto por el texto, por el interlocutor y por la lengua. El talento de Victor Rebengiuc proviene, ante todo, de un cierto culto por la verdad (una verdad que no tiene que ver con la metafísica, sino con la decencia) y de una rarísima dotación para lo natural. El milagro es que, siendo siempre él mismo, el mismo en cine o en teatro como en la vida diaria, Rebengiuc logra no repetirse nunca, es decir, ser, en cada personaje, diferente y precisamente fiel al personaje. En otras palabras, la actuación es siempre predecible (y, por eso, garantizada), mientras que el estilo es siempre fresco, nuevo, lleno de sorpresas. Por eso, no puedes saciarte, como espectador, de Victor Rebengiuc, no puedes anticipar las soluciones. Esto no significa que sea alguna vez "cansado", ingenioso por el mero hecho de ser original, histriónico. Parece hacer todo simple, sin esfuerzo, sin la obsesión vanidosa del éxito. Es excepcional porque no cultiva el excepcionalismo, la pompa "creativa", el sufrimiento retórico. No tiene el aura glamorosa de la estrella, la superstición de la ojerosa sobrecargada por el peso de la vocación, la ligera ausencia del genio desadaptado. Es como todo el mundo. Lo cual es cada vez más raro...
El rechazo instintivo de la "inscripción" convencional hace que Victor Rebengiuc sea, en la actualidad, una especie de "instrumento" universal. Es bueno tanto en el escenario como en la pantalla, es bueno tanto en drama como en comedia, es bueno tanto para las generaciones más maduras como para las más jóvenes. Desde hace un tiempo, constato con satisfacción que una multitud de directores jóvenes y muy jóvenes recurren a él para sus trabajos. El fenómeno es significativo desde ambos lados. Es impresionante que los jóvenes lo elijan y que él acepte. Significa que los recién llegados sienten la falta de solemnidad, la disponibilidad, la superior cordialidad de un actor con el que se puede trabajar de manera provechosa. Y también significa que Victor Rebengiuc no quiere y no puede quedarse estancado en un éxito datado, de generación. No es "sesentista", "ochentista" o "noventista". Es bueno. Es muy bueno. Con personas como él, la cultura trasciende las clasificaciones belferescas y los calendarios.
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