Ocho días después de la inundación producida el 26 de agosto en Nepal y el Tíbet, el balance provisional ascendió a 1.280 muertos y 5.624 desaparecidos. La catástrofe golpeó el valle del río Trishuli tras el desprendimiento de un glaciar del Langtang Lirung, a aproximadamente 5.200 metros de altitud, y un torrente de agua, hielo, lodo y rocas arrasó aldeas, carreteras, puentes y centrales hidroeléctricas.
La mayor parte de las víctimas, 1.259, se registró en Nepal, y otras 21 en el Tíbet. Entre los desaparecidos hay aproximadamente 800 ciudadanos extranjeros. Casi 85.000 personas se vieron afectadas y se quedaron sin vivienda.
Los equipos de rescate continúan las búsquedas, aunque el acceso a las zonas destruidas es extremadamente difícil. La ayuda se transporta en helicópteros, drones o por porteadores, mientras que las excavadoras y las explosiones controladas se utilizan para despejar los túneles de las centrales hidroeléctricas. Aproximadamente 900 trabajadores siguen desaparecidos en seis proyectos energéticos.
Más de 500 ingenieros coordinan las operaciones a través de un grupo de WhatsApp, distribuyendo planos e información sobre los túneles sepultados. Hasta ahora, no se han encontrado supervivientes en estas galerías. Las autoridades y los expertos advierten que el calentamiento global y el retroceso de los glaciares pueden favorecer nuevas inundaciones devastadoras en el Himalaya.
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