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Los gobiernos y las empresas de defensa invierten cada vez más en drones submarinos, sensores y sistemas autónomos para vigilar la infraestructura crítica del fondo de los océanos, amenazada por sabotajes y nuevas formas de guerra híbrida. En el centro de las preocupaciones se encuentran los cables de telecomunicaciones, los oleoductos y gasoductos y los cables eléctricos submarinos.
Las explosiones de los gasoductos Nord Stream en el mar Báltico, en septiembre de 2022, así como los incidentes en el Ártico y cerca de Taiwán, han llevado a los gobiernos a prestar una mayor atención a este ámbito. A comienzos de 2026, en todo el mundo estaban operativos más de 1,5 millones de kilómetros de cables submarinos de comunicaciones.
Fincantieri anunció inversiones de aproximadamente 600 millones de euros en empresas especializadas en drones submarinos, cartografía y comunicaciones subacuáticas. Thales, por su parte, desarrolla sistemas de sonar, detección de minas y guerra antisubmarina. La empresa alemana Euroatlas está probando el vehículo autónomo GrayShark, capaz de inspeccionar tuberías e identificar objetos sospechosos sin control humano permanente.
Sin embargo, los especialistas advierten de que proteger toda la infraestructura es imposible. Las dificultades de comunicación, la visibilidad reducida y la autonomía limitada hacen que los drones submarinos sigan estando muy por detrás de los aéreos. Estos sistemas pueden mejorar la vigilancia y la disuasión, pero no pueden hacer que el fondo de los océanos sea completamente seguro.
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