Los habitantes de Longyearbyen, una ciudad noruega del archipiélago de Svalbard, ya no pueden consumir agua del grifo después de que la fuente local se contaminara con metales pesados. El problema está relacionado con el deshielo acelerado del permafrost, un fenómeno agravado por el calentamiento climático.
La ciudad, situada a unos 1.300 kilómetros del Polo Norte, obtiene la mayor parte de su agua potable del lago represado Isdammen. El deshielo del suelo congelado deja al descubierto rocas ricas en pirita. Al entrar en contacto con el agua y el oxígeno, este mineral genera acidez, lo que favorece la liberación de metales en las fuentes de agua.
En septiembre del año pasado, el nivel de manganeso en el agua alcanzó una concentración 25 veces superior al límite recomendado. La exposición prolongada a concentraciones elevadas puede afectar al sistema nervioso, especialmente en niños y lactantes. Posteriormente, también se superaron los límites de sulfatos y níquel.
Las autoridades instalaron un depósito de agua purificada y abrieron una investigación. Se están analizando soluciones como filtrar el lago o construir una planta desalinizadora. Los investigadores advierten de que la situación podría anticipar problemas similares en otras comunidades del Ártico.
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