La guerra americano-israelí con Irán ha entrado en una fase en la que los objetivos declarados de Washington – la seguridad energética y el debilitamiento duradero del régimen de Teherán – son difíciles de alcanzar, mientras que los costos políticos, militares y económicos aumentan rápidamente. En esta configuración, Irán, aunque militarmente más débil, tiene la ventaja de una estrategia defensiva: le basta con sobrevivir, causar daños periódicamente y mantener la presión sobre los mercados energéticos para demostrar el fracaso de las ambiciones estadounidenses.
A tres semanas del inicio del conflicto, la campaña aérea y naval no ha logrado ni derrocar el régimen, ni neutralizar a largo plazo sus capacidades militares y de coerción regional. El asesinato del ayatolá Ali Khamenei no provocó el colapso del sistema, sino una sucesión forzada a favor de su hijo, Mojtaba, un líder aún más duro, cercano a los Guardianes de la Revolución, lo que refuerza el ala intransigente del régimen. Mientras Estados Unidos persigue objetivos amplios – flujo libre de energía, protección de la infraestructura en el Golfo, estabilidad regional – a Irán le basta golpear de vez en cuando a petroleros o instalaciones energéticas para crear choques desproporcionados en los mercados globales.
Foreign Affairs examina a su vez las principales opciones de escalada sobre la mesa de la administración Trump y muestra por qué todas son malas. Una incursión especial para capturar el stock de uranio enriquecido de Isfahan expondría fuerzas estadounidenses dentro de una de las ubicaciones iraníes más protegidas, sin garantía de éxito. La conquista de la Isla Kharg, por donde transita la mayor parte de las exportaciones de petróleo de Irán, requeriría una operación terrestre arriesgada y podría destruir la infraestructura petrolera, amplificando exactamente la crisis energética que Washington quiere evitar. Los ataques masivos a la red eléctrica iraní afectarían a civiles, plantearían problemas legales y probablemente provocarían represalias contra la infraestructura energética de los estados del Golfo.
Ningún escenario de apoyo a los rebeldes internos y fragmentación del estado iraní ofrece una salida responsable: un Irán desmembrado se parecería más a Siria o Libia, convirtiéndose en un foco de inestabilidad y terrorismo, con múltiples intervenciones regionales, lejos de los intereses de seguridad de EE. UU. En estas condiciones, el autor aboga por una "salida limitada": Washington debería declarar el logro de objetivos militares restringidos, detener la escalada, moderar a su aliado israelí y utilizar la presión de las grandes potencias dependientes de la estabilidad energética para constriñir a Irán hacia la desescalada. No sería una victoria clara, pero limitaría los daños y evitaría repetir el patrón Vietnam–Irak–Afganistán, en el que el miedo al fracaso empuja a Estados Unidos a un pantano estratégico del que es cada vez más difícil salir.
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