No existe un «plan común» de Washington, Moscú y Pekín para desmantelar la UE. Pero sí existe una convergencia peligrosa: cada gran potencia tiene motivos estratégicos para preferir una Europa más dividida, fragmentada y menos capaz de actuar de forma unitaria —y sus métodos, desde la desinformación y la presión económica hasta la diplomacia bilateral, se potencian mutuamente.
Es difícil negociar con la Unión Europea cuando habla con una sola voz: un mercado de aproximadamente 450 millones de consumidores, un importante bloque comercial y un actor regulador capaz de imponer estándares tecnológicos, climáticos o de competencia. Precisamente por eso, la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, advertía recientemente que Estados Unidos, China y Rusia prefieren una Europa fragmentada, porque es más sencillo negociar con Estados individuales que con todo el bloque, en una lógica de «divide y vencerás».
Por qué la UE molesta a las grandes potencias
Para Rusia, una UE unida significa mantener las sanciones, apoyar a Ucrania y ofrecer una alternativa de seguridad a la influencia de Moscú en Europa Central y Oriental. Para China, un bloque europeo coherente puede resistir con mayor eficacia las subvenciones industriales, las prácticas comerciales controvertidas y las dependencias estratégicas. Para la administración Trump, la UE representa una potencia reguladora y sancionadora que puede limitar a las empresas estadounidenses y contrarrestar una visión mundial basada estrictamente en la relación de fuerzas.
Un análisis reciente publicado por International Affairs describe las estrategias de China y Rusia no como un proyecto idéntico, sino como adaptaciones diferentes: Pekín buscó inicialmente «distanciar» a Europa de Estados Unidos, y después pasó a limitar una coordinación transatlántica más estrecha; Moscú evolucionó del compromiso prudente a la desestabilización abierta, después de percibir que Europa estaba perdida de forma irreversible.
Rusia: división, miedo y parálisis
La estrategia de Rusia es la más directa: erosionar la confianza de los europeos en sus propias instituciones, intensificar la polarización interna e impedir el consenso sobre Ucrania, las sanciones y la defensa común. Carnegie describe las campañas del Kremlin como sistemáticas, bien financiadas y más amplias que las de China, Irán o Corea del Norte.
Las herramientas son híbridas: desinformación en las redes sociales, manipulación de temas sensibles como la migración y la soberanía nacional, apoyo a movimientos anti-UE, operaciones cibernéticas y, según análisis recientes, sabotajes y provocaciones en las fronteras europeas.
El objetivo final no es necesariamente que un Estado abandone la UE, sino que la UE se vuelva más lenta, más temerosa y más dividida: que algunos gobiernos bloqueen las sanciones, reduzcan el apoyo a Ucrania o prefieran acuerdos bilaterales con Moscú. Los análisis de seguridad indican que la propaganda rusa apunta explícitamente contra la UE y la OTAN, con el objetivo de debilitar la arquitectura europea de seguridad.
China: no destruye, sino que fragmenta
Pekín tiene un claro interés económico en que la UE no entre en recesión: Europa es un mercado esencial para las exportaciones chinas. Por eso, la estrategia china es más sutil que la rusa —no busca el colapso del bloque, sino una Europa menos unida, más dependiente comercialmente de China y más alejada de Estados Unidos.
Los métodos incluyen relaciones bilaterales privilegiadas con ciertas capitales, inversiones estratégicas y presiones económicas, además de la explotación de las diferencias entre los Estados miembros en materia de tecnología, seguridad y relaciones con Pekín. Un estudio del Parlamento Europeo constata que el enfoque de la UE hacia China sigue viéndose obstaculizado por la falta de unidad, aunque la mayoría de los Estados miembros mantiene posiciones similares.
China prefiere, en esencia, tratar con Berlín, París, Roma, Budapest o Bruselas por separado, según sus intereses. Un análisis académico muestra que los Estados de la UE percibieron de manera diferente la amenaza china: Francia y Alemania adoptaron una línea más firme, mientras que Hungría y Grecia se mostraron más reticentes a criticar a Pekín —una fisura que China puede mantener sin haberla creado necesariamente.
Estados Unidos: presión sobre el modelo europeo
El caso estadounidense es más matizado, porque Estados Unidos sigue siendo, formalmente, un aliado central de Europa. Pero la administración Trump ha promovido una visión en la que la UE se percibe más como un obstáculo regulador y geopolítico que como un socio automático. Un análisis del Centre for European Reform señala que la actual administración estadounidense no comparte la percepción europea de la amenaza rusa y ha buscado excluir a los europeos de las negociaciones con el Kremlin.
La estrategia de Washington, tal como se interpreta en análisis recientes, combina la presión comercial y tecnológica, la crítica a la «censura» y a las regulaciones europeas, el apoyo a las fuerzas políticas euroescépticas y la amenaza o reconfiguración de la presencia militar estadounidense en Europa.
El objetivo no es necesariamente la desaparición jurídica de la UE, sino transformarla en un bloque más débil, más dividido y menos capaz de regular a las empresas estadounidenses, respaldar la autonomía estratégica europea o negociar como potencia propia. El País sintetiza esta teoría así: Estados Unidos querría «cultivar la resistencia» frente a la UE y apoyar política y tecnológicamente a los grupos nacionalistas euroescépticos.
Tres métodos, el mismo efecto

Los límites de la coyuntura
Es importante distinguir entre convergencia y conspiración. No existen pruebas sólidas de que Moscú, Pekín y Washington coordinen un plan común para destruir la UE; sus intereses son, en muchos aspectos, rivales. Los analistas que han estudiado el asedio coyuntural contra la UE advierten que hablar de un marco único coordinado sería un «exceso conspirativo».
Pero el efecto puede ser convergente. Cada potencia se aprovecha de las fragilidades reales de la UE: decisiones lentas, divergencias entre Estados, populismo, dependencias económicas y desacuerdos sobre la guerra en Ucrania. Cuando Rusia intensifica el miedo, China cultiva la dependencia y Estados Unidos presiona sobre las reglas y las alianzas, el resultado puede ser el mismo: una Europa que ya no logra decidir rápidamente y actuar como una potencia.
El antídoto
La respuesta europea no depende únicamente de la defensa o de contrarrestar la desinformación. Requiere coherencia en la política hacia China, solidaridad con los Estados expuestos a la presión rusa, protección de las infraestructuras críticas y de las elecciones, además de una capacidad real para negociar con Washington sin aceptar automáticamente la división del bloque.
Para el Kremlin, Pekín y, en distinta medida, la Casa Blanca, una UE fuerte resulta incómoda. Para los Estados miembros, sin embargo, el debilitamiento de la cohesión significaría menos influencia global, mayores costes de seguridad y una posición más frágil en un mundo dominado por las grandes potencias.
Análisis realizado con el apoyo de Perplexity
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