Antes de los anuncios sobre la partida de los buques hacia EE. UU., Donald Trump declaró en Truth Social que, tras una conversación con Vladimir Putin, Rusia comenzaría a suministrar diésel a Estados Unidos y al mercado mundial: más de 300.000 toneladas de inmediato, otras 500.000 toneladas en noviembre y un millón de toneladas adicional poco después, seguidas de un envío suplementario de tres millones de toneladas. La administración presentó la medida como un cambio que debería conducir a una rápida reducción de los precios del diésel.
La decisión fue duramente criticada: Volodímir Zelenski la calificó de «una decisión débil» de los socios, afirmando que los ingresos de Moscú alimentarían la guerra en Ucrania. Paralelamente, el exembajador estadounidense Steven Pifer advirtió que la relajación de las sanciones podría dirigir dinero hacia el esfuerzo bélico de Rusia, aunque estimó que el efecto sobre el precio mundial del diésel podría ser limitado.
Asimismo, en torno a este paquete también hubo debates sobre posibles ajustes de la política estadounidense: Trump consideró limitar las exportaciones de diésel durante 90 días, mientras que la UE reaccionó advirtiendo que el plan afectaría a ambas partes y señaló que EE. UU. proporcionaba aproximadamente el 50 % de las importaciones de diésel del bloque en agosto.