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martes 10:04

Europa sin ejército y el costo de la indecisión. ¿Por qué la imposibilidad del ejército europeo ya no es una respuesta?

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Internacional
Foto: 2eu.brussels

Vasile Dîncu, vicepresidente de la Comisión Especial del Parlamento Europeo para el Escudo Europeo de la Democracia, responde al análisis de 2eu sobre "el ejército europeo imposible", argumentando que la simple constatación de la imposibilidad ya no es suficiente y que la verdadera apuesta es construir un marco realista de decisión y acción conjunta, sin transformar la Unión en un estado. Lea la respuesta completa para entender el argumento del europarlamentario rumano.


Por qué el ejército europeo parece imposible, por Vasile Dîncu, europarlamentario

Cualquier discusión seria sobre un ejército parte de una definición. Un ejército no es una colección de unidades. No es una infraestructura. Un ejército es el instrumento a través del cual un estado ejerce el monopolio de la fuerza en nombre de una comunidad política. Es el lugar donde la soberanía se convierte en hecho. El ejército concentra tres elementos inseparables: la decisión política, el mando, la disponibilidad para el sacrificio. Sin estos elementos, la estructura se convierte en cooperación militar. Se convierte en alianza. Se convierte en coordinación. No se convierte en ejército.

Los estados europeos mantienen el control sobre los tres elementos. Los parlamentos deciden el envío de tropas. Los gobiernos emiten las órdenes. Los ciudadanos asumen el costo político de las pérdidas. Esta cadena no es técnica, es simbólica y constitucional.

La Unión Europea no fue construida para asumir esta cadena. Sus tratados delimitan claramente el espacio de decisión militar. La política de seguridad y defensa sigue siendo intergubernamental. El ejecutivo europeo no tiene competencia sobre el uso de la fuerza. Este límite no es accidental. Es deliberado. Un ejército supone un demos. Supone una comunidad política dispuesta a aceptar pérdidas en nombre de una decisión común. Europa no tiene este demos. Tiene espacios públicos nacionales. Tiene memorias históricas diferentes. Tiene culturas estratégicas divergentes y traumas distintos.

Para algunos estados, la amenaza viene del Este. Para otros, del Sur. Para algunos, la guerra es una experiencia reciente. Para otros, es historia lejana. Estas diferencias no desaparecen a través de tratados, definen los límites de la solidaridad armada.

El problema de la legitimidad surge de inmediato. ¿Quién decide el envío de una fuerza europea a un conflicto? ¿Un voto en el Consejo? ¿Un mandato del Parlamento Europeo? ¿Una decisión de la Comisión? Ninguna de estas opciones ofrece responsabilidad política directa ante el ciudadano enviado a luchar.

El Parlamento Europeo no controla ejércitos nacionales. La Comisión no tiene mandato electoral para decisiones de vida o muerte. El Consejo funciona a través de gobiernos que responden ante sus propios parlamentos. Cualquier decisión conjunta inevitablemente regresa a nivel nacional.

Esto explica por qué la idea de un ejército europeo sigue siendo un eslogan. Ignora el núcleo del problema. El monopolio de la fuerza no es negociable sin transformar la Unión en un estado. Y la transformación de la Unión en un estado implica una ruptura política que ningún gobierno asume.

El argumento de la eficiencia no cambia esta realidad. Un ejército más eficiente no es automáticamente un ejército legítimo. La tecnología no sustituye la decisión política. La interoperabilidad no sustituye la lealtad.

Los estados pueden luchar juntos sin renunciar al control. Europa ya lo hace. Pero luchar juntos no significa decidir juntos sobre el uso de la fuerza. Esta distinción es esencial.

Por eso, cada intento de avanzar la idea de un ejército europeo fracasa en el mismo punto. Cuando la discusión llega al mando y la responsabilidad, el consenso desaparece. No por falta de visión, sino por estructura política.

Incluso los líderes que hablan de autonomía estratégica evitan el término "ejército". Emmanuel Macron ha formulado esta prudencia explícitamente. La autonomía no significa transferencia de soberanía. Significa capacidad de acción. Esta formulación no es retórica. Es el reconocimiento de un límite.

Al mismo tiempo, la alianza que asegura la seguridad de Europa sigue siendo la OTAN. Allí existe una cadena de mando. Existen procedimientos claros. Existe una disuasión creíble. Los estados aceptan este marco precisamente porque la decisión final sigue siendo nacional. Cada gobierno sabe cuándo y cómo se compromete.

Un ejército europeo introduciría ambigüedad donde la seguridad exige claridad. ¿Quién responde por el fracaso? ¿Quién explica las pérdidas? ¿Quién asume el costo político? Sin respuestas claras, la estructura sigue siendo inestable.

Esta es la realidad desde la que parte cualquier análisis honesto. Europa no rechaza un ejército por comodidad. Lo rechaza porque el ejército es la expresión última del estado. La Unión no es un estado. No pretende serlo. No dispone de los instrumentos necesarios para convertirse en uno sin una transformación radical.

Europa ya se defiende. Pero de manera fragmentada.

Vista desde la distancia, Europa parece débil militarmente. Vista desde dentro, la imagen es diferente. Los estados europeos gastan más. Se arman más rápido. Se coordinan más a menudo. La diferencia aparece entre la acumulación de capacidades y la capacidad de decisión.

Después de 2022, los gastos militares han aumentado en casi todos los estados miembros. El ritmo no es uniforme. Las motivaciones son diferentes. El resultado es una militarización acelerada, pero desigual. Para el año 2025, se estimó que los gastos de defensa de los países de la UE alcanzarían los 381 mil millones de euros. Las fuerzas activas estimadas en Europa (estados europeos de la OTAN) estaban entre aproximadamente 2,8 millones y 3,5 millones de militares, dependiendo de la definición de inclusión.

Europa del Este considera la defensa como un problema existencial. Polonia destina más del 4 por ciento de su PIB. Y expande las fuerzas terrestres. Construye reservas. Adquiere rápidamente. La lógica es defensiva y urgente. Los estados bálticos y Finlandia invierten constantemente por encima del umbral del 2 por ciento. Apuntan a la movilización rápida y la defensa territorial. El énfasis está en la resiliencia, no en la proyección de fuerza.

Europa del Oeste tiene un perfil diferente. Francia mantiene la capacidad de intervención externa. Dispone de cadenas de mando autónomas. Mantiene una doctrina de uso de la fuerza probada en operaciones reales. El Reino Unido sigue siendo un actor militar importante, fuera de la Unión, pero integrado operativamente con los socios europeos. Alemania invierte masivamente, pero enfrenta dificultades en la transformación de los presupuestos en disponibilidad operativa.

El sur de Europa percibe otros riesgos. La inestabilidad en la vecindad del sur. La migración. La seguridad marítima. Estos estados asignan recursos de manera diferente. Las capacidades están orientadas hacia el control y la estabilización, no hacia la disuasión clásica.

El resultado es un mapa militar fragmentado. Europa tiene fuerzas numerosas. Tiene industria. Tiene tecnología. No tiene un centro común de gravedad estratégica.

La interoperabilidad existe. Se ha construido a través de la OTAN. Los procedimientos comunes, los estándares técnicos, las cadenas de mando y los ejercicios recurrentes, todos funcionan en el marco aliado. Las unidades europeas han estado luchando y entrenando juntas durante años. La brigada franco-alemana. La integración de unidades holandesas en estructuras alemanas. La fuerza anfibia británico-holandesa. Los grupos de combate del Este. Estos ejemplos muestran un hecho simple: los ejércitos europeos se conocen, pueden operar juntos. El problema no es militar.

La Unión Europea ha elegido otro papel. Ha trabajado en infraestructura. En movilidad. En industria. En adquisiciones comunes. Ha financiado la investigación. Ha reducido la fragmentación. Ha creado dependencias industriales positivas. Todo esto aumenta la capacidad. Ninguna resuelve la decisión.

Para el ciudadano, estos esfuerzos son invisibles. No hay ceremonias. No hay comandantes europeos conocidos. No hay símbolos. Europa invierte en defensa sin decirlo claramente. La comunicación sigue siendo técnica. El lenguaje sigue siendo neutro.

Esta discrepancia produce confusión. El público escucha que Europa no tiene ejército. Al mismo tiempo, ve convoyes, ejercicios, bases ampliadas. Ambas afirmaciones son verdaderas. Europa se arma sin constituirse como un actor militar unitario.

Aquí aparece el paradoja central. La capacidad crece más rápido que el marco político. La interoperabilidad precede a la decisión. La industria avanza antes que la legitimidad. Esta situación funciona en un entorno estable. Funciona mientras la decisión final pertenezca a otro. Mientras la disuasión esté garantizada externamente. Mientras el riesgo supremo no deba asumirse a nivel europeo.

La guerra en Ucrania ha cambiado los datos. No ha creado vulnerabilidad. La ha expuesto.

Europa suministra armas y entrena tropas. Coordina sanciones y gestiona flujos logísticos. Todo esto tiene un impacto estratégico. Pero la decisión militar directa sigue estando fuera de la Unión. Cada estado decide por separado, cada uno calcula su riesgo.

Esta fragmentación ralentiza la reacción. Crea desigualdades de contribución. Produce tensiones políticas internas. Los estados de primera línea piden más. Los estados lejanos piden prudencia. Sin un marco común, la solidaridad se convierte en negociación permanente.

Europa no está desarmada, está desalineada políticamente. Esta es la diferencia esencial.

El momento de inflexión estratégica

Hasta 2022, Europa pudo vivir con una solución cómoda. Capacidades dispersas, decisión nacional, y disuasión garantizada por EE. UU. La Unión invertía en economía y reglas, complicando una infernal burocracia. La OTAN mantenía la línea dura de la seguridad.

La guerra en Ucrania no ha cambiado la naturaleza de la Unión, pero ha cambiado el costo de la indecisión. Europa ha entrado en una fase en la que cualquier gesto tiene efecto estratégico. La munición entregada cambia la relación de fuerzas. El entrenamiento cambia la capacidad de resistencia. Las sanciones cambian los recursos disponibles. La movilidad militar cambia la velocidad de reacción. Cuando tienes este impacto, ya no eres solo un regulador. Te conviertes en actor, y los actores son juzgados por su capacidad de decidir. Esto aún no lo entienden, creemos, los líderes europeos.

Al mismo tiempo, esta capacidad sigue siendo fragmentada. El ejército, en sentido clásico, sigue vinculado al estado, a la soberanía, al juramento, a la responsabilidad política por las pérdidas. La Unión no tiene la infraestructura democrática para decisiones de vida o muerte. El problema es otro. No estamos discutiendo solo sobre posibilidad. Estamos discutiendo sobre resiliencia en escenarios límite.

El escenario simple y cómodo es el que Europa prefiere: la OTAN funciona, EE. UU. sigue siendo el pivote, el Artículo 5 sigue siendo creíble. En este escenario, la Unión puede continuar el modelo actual. Más producción, más movilidad, más interoperabilidad. La decisión final sigue estando en las capitales, y el marco aliado sigue siendo el garante último.

El escenario incómodo es diferente. No supone la desaparición formal de la OTAN. Supone un bloqueo político en el momento crítico. Una disputa interna, una vacilación, un retraso. Una acción por debajo del umbral, calibrada, donde el consenso se obtiene con dificultad. Justo aquí comienza la vulnerabilidad europea.

Este escenario no tiene que ser apocalíptico. Puede ser realista. Una crisis rápida, un desafío híbrido, un incidente militar limitado, una combinación de sabotaje y presión. Lo que importa es el tiempo. Si se pierde tiempo, el costo explota. Esto ejerce presión sobre dos preguntas concretas.

La primera: ¿qué tan rápido se mueve Europa militarmente, dentro de su propio territorio?

La segunda: ¿quién puede decidir la activación de una reacción común, sin esperar una arquitectura política que no tiene?

Sobre la primera pregunta, la Unión ha comenzado a responder. No a través de un ejército, sino a través de movilidad militar y de infraestructura. La Comisión y sus socios han impulsado la idea de una zona europea de movilidad militar hasta 2027. El objetivo es un espacio en el que el transporte militar cruce rápidamente las fronteras, con procedimientos armonizados y autorizaciones digitales. El mensaje político utiliza la expresión Military Schengen, pero el contenido es administrativo y logístico.

Esta idea es importante, pero también incompleta. La Corte de Cuentas y los auditores han criticado la financiación insuficiente y la falta de una priorización sólida en los proyectos de movilidad. La crítica no anula el proyecto, solo lo pone en realidad. Europa necesita corredores, puentes, ferrocarriles, depósitos, procedimientos rápidos. También necesita gobernanza. De lo contrario, la movilidad sigue siendo un plan, no una capacidad.

Sobre la segunda pregunta, la respuesta sigue siendo tímida. La Unión ha introducido un instrumento importante, pero limitado, la Capacidad de Despliegue Rápido. Es una fuerza modular, de hasta 5,000 militares, diseñada para tipos de crisis, no para una guerra de alta intensidad. Es un paso. También es una prueba de la limitación. Europa acepta activar una capacidad, pero evita discutir la apuesta política de enviarla en un contexto duro. Aquí entra también la parte industrial. En Ucrania, la lección central es desagradable. La guerra moderna consume. Consume munición, piezas, drones, sistemas de defensa antiaérea. La guerra no es solo tecnología. También es producción industrial masiva.

La Unión ha intentado responder. ASAP fue concebido como un mecanismo para aumentar la capacidad de producción de munición y misiles, para reponer existencias y apoyar a Ucrania. Es un instrumento de política industrial, no una decisión militar. Justo el tipo de solución que la UE puede implementar sin transferencia de soberanía.

También hay una tensión aquí. La industrialización de la defensa es necesaria. Pero no resuelve el problema central. Si tienes munición y no tienes un mecanismo de decisión, sigues en el mismo tipo de dependencia. Tienes capacidad sin dirección común. En este contexto, las declaraciones públicas de la dirección de la OTAN se vuelven relevantes, no como autoridad moral, sino como indicador de limitación política.

Mark Rutte, como secretario general de la OTAN, insiste en dos ideas simultáneas. Europa debe gastar más y asumir más. Al mismo tiempo, esta asunción debe hacerse siempre junto a EE. UU., no por separación. Rechaza explícitamente la idea de una independencia militar europea frente a Washington. Este es el marco de presión. Más capacidad europea, pero dentro de la arquitectura transatlántica.

Este marco crea una situación ligeramente paradójica o contradictoria. Por un lado, Europa es alentada a armarse. El aumento de los presupuestos se convierte en norma. El aumento de la producción se vuelve urgente. La movilidad se convierte en prioridad. Por otro lado, Europa evita construir un mecanismo político que muestre autonomía de decisión. No por ligereza, sino por falta de legitimidad común de la que hemos hablado en la primera parte.

Esto lleva a la pregunta que pocos plantean claramente. ¿Qué haces si la dependencia permanece, pero la predictibilidad disminuye? No estamos hablando de una ruptura segura. Hablamos de variabilidad. De volatilidad. De un aliado que cambia sus prioridades, ritmo, atención. En tales momentos, una alianza funciona, pero con fricciones. Y las fricciones se pagan con el tiempo.

Este es el punto de inflexión. Europa ha entrado en una etapa en la que ya no es suficiente decir que el ejército europeo es imposible. Debes decir qué es posible en su lugar. De lo contrario, te quedas con una proposición correcta y una vulnerabilidad no resuelta.

Aún hay un indicador. Aparecen cada vez más fórmulas del tipo coalition of the willing. Son grupos de estados que coordinan apoyo, planifican, crean garantías, sin esperar la unanimidad. Este tipo de arquitectura se ve en las discusiones sobre garantías para Ucrania y sobre roles asumidos por grandes estados. Es una señal. Europa se mueve hacia soluciones modulares, porque la solución integral está bloqueada.

Europa no se ha convertido en un estado, no ha creado un ejército. No ha resuelto la legitimidad de la decisión militar común. Pero ha comenzado a construir la infraestructura de una capacidad militar común. Movilidad, industria, fuerzas de reacción limitadas, adquisiciones comunes, programas, ejercicios, interoperabilidad. Ahora debe dar el paso conceptual. Debe renunciar a la pregunta equivocada. Debe definir una solución realista.

La pregunta equivocada

Cada vez que aparece el término ejército europeo, el debate se bloquea. Las reacciones se vuelven reflejos. Algunos gobiernos se retiran, otros atacan la idea preventivamente. El público se divide rápidamente. Nadie discute sobre soluciones intermedias.

Está claro: el problema no es militar, es semántico y político. La palabra ejército remite inmediatamente al estado. A un mando único. A la transferencia de soberanía. Al juramento. Al sacrificio impuesto por una autoridad central. En Europa, esta cadena de significados desencadena oposición automática. No importa cuántas calificaciones añadas. La reacción aparece antes de la explicación.

Esta es la trampa conceptual. La discusión parte de una forma máxima, no de una necesidad concreta. Europa no necesita un ejército en el sentido clásico. Necesita la capacidad de actuar militarmente juntas cuando los intereses coinciden y el tiempo aprieta. La diferencia es esencial.

Un ejército supone monopolio. Una fuerza común supone cooperación estructurada. Un ejército exige lealtad exclusiva. Una fuerza común funciona a través de compromisos limitados. Un ejército implica subordinación permanente. Una fuerza común se activa puntualmente.

La confusión entre estos niveles bloquea cualquier discusión seria. El federalismo militar se invoca con frecuencia como espantajo. Pero nadie lo propone explícitamente. Ni los líderes más vocales piden la transferencia completa de la soberanía militar. Lo que se discute, a menudo de manera confusa, es cómo se vería una capacidad común sin esta transferencia.

Para avanzar, Europa debe cambiar la pregunta. No si es posible un ejército europeo. Sino qué tipo de instrumento militar común es compatible con la pluralidad política existente. Esta reformulación cambia completamente el marco. Ya no hablamos de estado versus Unión. Hablamos de mecanismos. De procedimientos. De umbrales de activación. De control político distribuido.

En realidad, Europa ya funciona a través de tales mecanismos en otros ámbitos sensibles. La política monetaria es común para algunos y nacional para otros. La cooperación judicial funciona a través del reconocimiento mutuo, no a través de un código penal único. El espacio Schengen funciona sin policía europea centralizada. Estos ejemplos no se pueden transferir mecánicamente al ámbito militar. Pero muestran un tipo de pensamiento institucional.

La verdadera pregunta se convierte en una de diseño político. ¿Cómo construyes un instrumento que permita la acción común sin imponer participación automática? ¿Cómo evitas la parálisis de la unanimidad sin forzar a los estados reticentes? ¿Cómo proteges a los estados pequeños sin bloquear a los estados capaces?

Estas preguntas no requieren un salto constitucional. Requieren claridad.

En lugar de un ejército, Europa puede construir una fuerza militar común modular. El término importa. La modularidad supone opción. Supone entrada y salida. Supone contribuciones diferenciadas. Supone control político mantenido a nivel nacional.

Esta idea no es teórica. Ya aparece en la práctica. Grupos de estados que alinean su planificación. Misiones comunes activadas a través de decisiones separadas. Mando operativo delegado temporalmente. Financiación común para objetivos precisos. El problema es la falta de formalización. Sin un marco explícito, estas soluciones siguen siendo improvisaciones. Funcionan mientras el contexto sea favorable. Se vuelven frágiles cuando la presión aumenta.

Decir que el ejército europeo es imposible sigue siendo correcto. Detener la discusión aquí se vuelve insuficiente.

Europa debe aceptar que la seguridad ya no es un ámbito completamente delegable. No porque quiera poder. Sino porque ya ejerce influencia estratégica. La influencia sin capacidad de decisión es riesgo. Renunciar al término ejército no es un artificio de comunicación. Es la condición de una discusión madura. Solo así se pueden analizar las soluciones que existen entre el status quo y el federalismo.

¿Cómo funcionaría, sin embargo, una fuerza militar europea realista?

Si renunciamos a la idea de un ejército, el espacio de maniobra se amplía. No desaparece, pero se vuelve manejable. La discusión se desplaza de la identidad al mecanismo y del símbolo al procedimiento. De la soberanía abstracta a la decisión concreta.

Una fuerza militar europea realista parte de un principio simple. La decisión de participar sigue siendo nacional. Todo lo que sigue se construye en torno a este núcleo.

El primer elemento es la decisión política. Cada estado decide si participa en una operación. La decisión se toma a través de sus propios procedimientos constitucionales. Gobierno. Parlamento. Mandato explícito. No hay obligación automática. No hay sanciones políticas por no participar.

Este punto es esencial. Sin él, todo el mecanismo se derrumba. Los estados pequeños se negarían desde el principio. Los estados expuestos exigirían garantías imposibles. La legitimidad desaparecería antes de la primera implementación.

El segundo elemento es la planificación común previa. Aunque la decisión es nacional, la planificación debe ser común. No después de la crisis, antes de la crisis. Escenarios, reglas de compromiso, cadenas de mando, logística, transporte, comunicaciones. Todo debe establecerse con antelación.

Aquí la Unión ya tiene una ventaja. Dispone de estructuras de planificación. Dispone de personal civil y militar. Dispone de experiencia acumulada en misiones. Lo que falta es un mandato claro para transformar la planificación en opción operativa rápida. La planificación común no obliga a participar. Pero hace posible la participación sin improvisación. Reduce el tiempo. Reduce el costo político. Reduce el riesgo de fracaso.

El tercer elemento es un mando operativo europeo activado puntualmente. No hablamos de un mando permanente de guerra. Hablamos de una estructura de mando que se activa cuando un grupo de estados decide actuar juntos. El mandato es limitado. La duración es limitada. Los objetivos están claramente definidos. El comandante es designado por acuerdo político, generalmente, por rotación. La cadena de mando es transparente. La responsabilidad está claramente asignada. Al final de la misión, la estructura se desactiva.

Este modelo no es nuevo. Se utiliza en operaciones multinacionales. La diferencia sería su formalización a nivel europeo, sin ambigüedad, sin improvisación.

El cuarto elemento es la contribución modular. Los estados no contribuyen de manera idéntica. Algunos envían tropas. Otros ofrecen logística. Otros proporcionan inteligencia. Otros aseguran transporte o apoyo médico. Las contribuciones se reconocen políticamente como participación plena. Esta flexibilidad protege a los estados con recursos limitados. Permite la implicación sin una exposición desproporcionada. Crea solidaridad funcional, no simbólica. La contribución modular resuelve un viejo problema. Evita la separación entre participantes y espectadores. Cada estado decide el nivel de riesgo aceptado. Cada uno asume su parte de manera explícita.

El quinto elemento es el derecho de retirada garantizado. Ninguna participación es irreversible. Los estados mantienen el derecho de retirarse, de acuerdo con los procedimientos establecidos. Sin estigmatización política. Sin penalizaciones ocultas. Sin consecuencias automáticas en otros asuntos. Este derecho no debilita la fuerza, la hace posible. Sin él, muchos parlamentos no aprobarían la participación inicial. La estabilidad de la operación proviene de la claridad, no de la coerción.

El sexto elemento es la protección de los estados pequeños. En cualquier estructura común, el riesgo de asimetrías aparece de inmediato. Los estados grandes tienen capacidades. Los estados pequeños tienen vulnerabilidades. Un diseño realista reconoce este hecho. La protección se realiza a través de reglas. La rotación de funciones de mando. Acceso igual a la planificación. Transparencia en la definición de objetivos. Derecho de veto sobre el compromiso de sus propias tropas. Sin estas garantías, una fuerza común sería percibida como un instrumento de los poderosos. La percepción destruiría la legitimidad.

El séptimo elemento es el control parlamentario. La participación militar debe seguir bajo control democrático nacional. Los parlamentos aprueban, los parlamentos monitorean, los parlamentos pueden retirar el mandato. A nivel europeo, el papel es diferente. Tenemos Parlamento Europeo: información, debate, control presupuestario sobre los instrumentos comunes. No decisión directa de envío a combate. Esta separación mantiene la responsabilidad donde el costo político se manifiesta. A nivel nacional.

El octavo elemento es la financiación común limitada. Los costos comunes deben estar claramente definidos: transporte, mando, logística, infraestructura. No sueldos, no compensaciones por víctimas. Estos siguen siendo responsabilidad nacional. El presupuesto común apoya la operación. No sustituye al estado. Este límite es esencial para la aceptación política.

En conjunto, este modelo no crea un ejército europeo. Crea un marco de acción militar común. Sin uniforme única, sin juramento común, sin monopolio sobre la fuerza.

Los críticos dirán que esto ya existe. Parcialmente. La diferencia es el grado de formalización. Actualmente, muchos de estos arreglos funcionan de manera informal. Dependen de líderes, de contexto, de urgencia. Sin Ucrania, ni siquiera habríamos sabido que existe cierta integración militar europea.

La formalización no significa rigidez. Significa predictibilidad. Sabes lo que sigue antes de necesitarlo. Sabes quién decide. Sabes quién responde. Este es el paso que Europa evita. No porque sea imposible, sino porque obliga a la honestidad política.

Una fuerza así no resuelve todos los escenarios. No sustituye la disuasión nuclear. No sustituye las alianzas existentes. No garantiza reacción automática. Pero reduce un riesgo mayor. Riesgo de parálisis en un momento límite. Riesgo de improvisación bajo presión. Riesgo de decisiones tomadas demasiado tarde.

La fuerza europea y la OTAN. Sin ilusiones.

Cualquier discusión seria sobre la seguridad europea llega inevitablemente a la OTAN. No como eslogan, sino como infraestructura real de poder. Allí existe disuasión creíble. Allí existe mando integrado. Allí existe la capacidad de llevar a cabo una guerra de alta intensidad.

Una fuerza militar europea realista no parte de la idea de reemplazar este marco. Parte del reconocimiento de sus límites políticos. La OTAN funciona sobre la base del consenso. Esto ofrece legitimidad. También produce fricciones, pero en la mayoría de las situaciones el consenso aparece. En situaciones límite, el consenso se retrasa. Justo este intervalo de tiempo es el problema.

El escenario clásico sigue siendo estable: un ataque claro, una agresión reconocida, lleva a la activación del Artículo 5. Respuesta colectiva. En este caso, Europa actúa a través de la OTAN. Cualquier estructura paralela sería redundante y desestabilizadora.

Los escenarios incómodos son otros. Acciones por debajo del umbral, ambigüedad deliberada o presión calibrada. Provocaciones que no desencadenan automáticamente la reacción aliada. Aquí aparecen las fisuras. El caso de los drones rusos que llegaron a Rumanía o Polonia es un buen ejemplo. En estas situaciones, una fuerza europea común no compite con la OTAN. La complementa. No como sustituto, sino como amortiguador político y operativo. La diferencia es una de función. La OTAN sigue siendo el marco de disuasión. La fuerza europea ofrece capacidad de reacción limitada, rápida, en situaciones donde la alianza no se mueve a tiempo o no se mueve en absoluto.

Esta complementariedad debe afirmarse explícitamente. Sin ambigüedad, sin retórica sobre independencia estratégica total. Sin mensajes contradictorios hacia Washington.

Europa no tiene interés en debilitar el vínculo transatlántico. Tiene interés en reducir el riesgo de parálisis cuando el vínculo está tenso. Esto requiere disciplina política. Cualquier fuerza europea debe ser interoperable con la OTAN, con procedimientos comunes, estándares comunes, comunicación constante y sin duplicación innecesaria.

La presión estadounidense para aumentar los gastos europeos debe leerse correctamente. No es un signo de retirada automática. Es una señal de reequilibrio. Se pide a Europa que contribuya más. No que se separe. En este contexto, una capacidad europea creíble no socava la alianza. La estabiliza y reduce la tentación del unilateralismo. Reduce la incertidumbre política, aumenta la predictibilidad.

El riesgo real no es la existencia de una fuerza europea. El riesgo es la falta de un plan en caso de que los mecanismos existentes funcionen imperfectamente. Esta es la línea subrayada que Europa debe recorrer. Integración sin separación, autonomía operativa sin autonomía política total. Capacidad sin la ilusión de soberanía única.

La decisión que Europa evita

Europa no carece de poder militar. Carece de un marco político coherente para usarlo conjuntamente. Decir que el ejército europeo es imposible sigue siendo correcto. Usar esta verdad como excusa para la inacción se vuelve peligroso.

La Unión ha entrado en una etapa en la que sus decisiones producen efectos estratégicos. Las inversiones en defensa, el apoyo militar externo, la industria de armamento, la movilidad de tropas. Todo esto modifica los equilibrios. Cuando influyes en los equilibrios, debes gestionar el riesgo. Nacen enemigos que quizás no tenías antes.

La fuerza militar común propuesta aquí no promete seguridad absoluta. No promete reacción automática. No promete unidad simbólica. Promete algo más modesto y útil. Claridad procedimental, velocidad decisional y reducción de improvisaciones. Protección de la soberanía nacional en un marco común. Repito, Europa no necesita convertirse en un estado para actuar. Pero debe aceptar que la seguridad requiere decisiones explícitas, no solo coordinación técnica.

La verdadera pregunta no es si los europeos están dispuestos a morir bajo una bandera común. Esta es una pregunta falsa, emocional, paralizante. La verdadera pregunta es si Europa acepta construir los mecanismos a través de los cuales sus estados pueden decidir rápidamente, juntos, cuando los intereses coinciden y el tiempo aprieta. Mientras esta pregunta permanezca sin respuesta, Europa seguirá armándose sin saber exactamente cuándo y cómo usará su poder.

No la falta de un ejército es el mayor problema, sino la falta de decisión común.


https://2eu.brussels/ro/analize/europa-fara-armata-si-costul-indeciziei-de-ce-imposibilitatea-armatei-europene-nu-mai-este-un-raspuns

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